En Cuaresma una cruz dibujada en la frente con cenizas de las palmas u olivos del Domingo de Ramos del año pasado, una y otra vez, apelan a nuestro intelecto repitiendo: «Conviértete y cree en el Evangelio». Porque hay existencias que duelen profundamente, aunque sean ajenas, pues tocan esa indomable inocencia que grita el grito de la Vida y se niega a vivir en el statu quo de lo que aparentemente no cambia.

Pues a veces la vida nos parece más fácil para unos que para otros y se amontonan preguntas no en el intelecto sino en el corazón donde esperan una respuesta que convenza y consuele la existencia. Nuestra respuesta es creer en la fuerza transformadora del Evangelio que es la persona de Cristo haciendo nuevas todas las cosas.

Y debo decir que en esta tierra filipina somos testigos de esa fuerza de transformación que tienen vidas pequeñas que son como gotitas de agua que limpian la mirada para ver que la realidad está tiernamente colmada de Resurrección. Una gotita que me sigue conmoviendo hoy es una niña pequeña a la que supliqué y por la que oré para que asumiera la misión de ir a buscar y caminar con otra niña hasta el cole. A ésta última su entorno familiar la estaba ahogando. Nadie la despertaba por la mañana y el absentismo parecía ya cerrar la posibilidad de ingresar en el instituto de la ciudad de las niñas con las hermanas de María. Tengo grabada en el corazón vivamente la imagen de las dos, lejos, riendo y caminando hacia el cole y nunca sabrán las lágrimas de agradecimiento que brotaron en mis ojos y me volvieron a limpiar la mirada esa mañana cuando las contemplaba.

Las hermanas de María, las dominicas de San José, las siervas de María, etc. son otras tantas gotitas más que como tantas otras me encantaría nombrar. Saben que esos niños y niñas, los más pobres, en otros entornos cuidados, son lumbreras que crean y crearan el calor de hogar para poder transformar la sociedad. Gracias por empapar la tierra de misericordia.

Belén Gómez Valcárcel es misionera en Filipinas. Servidores del Evangelio de la Misericordia de Dios