La ética y la responsabilidad son elementos que deben acompañar la vida del ser humano. También en todo lo que hace referencia a la paz, que León XIV ve en Magnifica humanitas como «una condición del bien común universal y una prueba para la madurez moral de los pueblos, y especialmente de quienes son llamados a puestos de responsabilidad en el gobierno».
Compartir proyectos y experiencias
Que los cardenales reunidos en Consistorio aborden esas cuestiones es de particular importancia. A final de cuentas, lo que sucede en el mundo siempre debe estar entre las preocupaciones de la Iglesia y los cardenales han llegado a Roma para dar a conocer «los proyectos y las experiencias pastorales, tanto las alegres como las difíciles», como les decía el Papa en la Eucaristía de inicio. Para «contemplar el mundo en el que la Iglesia está llamada a anunciar el Evangelio», subrayaba ya en el Aula Pablo VI.
Y es que, recordando su homilía en la Misa de la Plaza de Cibeles, decía que «Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana». La cuestión que somos llamados a enfrentar como Iglesia, de modo especial el Colegio Cardenalicio, es cómo evangelizar en cada contexto y cómo construir el bien común, más allá de intereses particulares. El camino es «un estilo sinodal al servicio de la misión del Reino», ha dicho el Papa. Para ello, no olvidemos que la sinodalidad «es una actitud, una apertura, una disponibilidad para comprender», también entre los cardenales.
Un Consistorio decía el Papa en la Misa, para compartir en la fe la verdadera libertad, para pedir el don de la paz en la unidad, para descubrir «en la Iglesia y en el mundo iniciativas y experiencias que llaman al respeto de la dignidad humana, de la justicia, del derecho, en pocas palabras, de lo que es humano», para «la escucha que reconoce el don del Verbo, hecho carne por nosotros». Un ejercicio en el que «el Espíritu Santo nos guía, señalándonos Él mismo los problemas y las oportunidades pastorales, purificando las intenciones y corrigiendo lo que se desvía del camino común».
Trabajar juntos como bautizados
Se trata de poner en práctica la sinodalidad, y para ello, «avanzar en la unidad de la fe, en la promoción de la paz y en la obediencia a la Palabra viva, que es Jesús». Una llamada a trabajar juntos como bautizados, en la que «la autoridad del primado, de hecho, es propia de quien escucha y solo por eso guía, de quien aprende y sólo por eso enseña».
No olvidemos que las propuestas evangelizadoras responden a realidades concretas, hoy en día marcadas por tecnologías ambivalentes que difuminan la separación entre protección y agresión. Los principios para tomar decisiones responden a cuestiones como dignidad de la persona, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia.
En términos más comprensibles, Magnifica humanitas nos posiciona ante la disyuntiva entre orgullo y paciencia. En el primer caso hablamos de polarizaciones y violencias, de deshumanización, de falta de convivencia y de paz. En el segundo de una esperanza que nos conduce a la «civilización del amor», sustentada en la justicia, la caridad. León XIV ve este modo de civilización como un proyecto exigente: «consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común», nos dice en su última encíclica.
Preocupación por el bien común
El reto que enfrenta la Iglesia, de ahí la importancia de abordarlo entre los colaboradores más próximos del pontífice, es promover esa cultura, no solo en la sociedad, también en el mundo intraeclesial. La preocupación por el bien común siempre ha sido una necesidad, pero en el actual momento histórico ha pasado a ser una urgencia. Existen iniciativas en diversos rincones del Planeta que, realizadas o apoyadas por la Iglesia, favorecen esa cultura del bien común. Conocerlas, a lo que puede ayudar el Consistorio, abre la posibilidad de avanzar en ese sentido.
Se trata de transformar la «interdependencia padecida en una solidaridad deseada y elegida», de impulsar una IA «con derechos y deberes compartidos, donde la proximidad digital se convierta en una ocasión real de encuentro y de cuidado recíproco». Superar una cultura del poder que dicta agenda, que modifica relaciones y comportamientos. Y en el plano internacional, detener la idea de rehabilitar la guerra como instrumento político. Algo que repercute en el aumento del enfrentamiento, la oposición y la polarización en la sociedad.
Del mismo modo, la pérdida de memoria histórica que tiene como consecuencia el aumento de noticias falsas y las manipulaciones narrativas. Las decisiones se toman «sobre la base de cálculos de fuerza, carentes de una visión de las consecuencias a largo plazo». Se premia el enfrentamiento, se dificulta el discernimiento común, se va preparando a la sociedad para la guerra con narrativas simplistas que presentan la violencia como necesaria e inevitable. Frente a ello, León XIV propone el diálogo, la diplomacia y el perdón.
Todo ello al servicio de la misión, razón de existir de la Iglesia y «criterio que orienta nuestro discernimiento».
La meta es llegar a «ser una Iglesia más capaz de encontrarse con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo y de darles testimonio de la alegría del Evangelio». Para ello el Papa pide ayuda, reconoce que su ministerio «no se puede vivir en soledad», una actitud que es un ejemplo para cada uno de nosotros. Somos desafiados a contar con los otros para «discernir lo que el Espíritu dice hoy a la Iglesia». Hasta el punto de decir y eso es histórico: «necesito su apoyo: fuerte, explícito y público».