Reflexiona Rodrigo Simón Rey en COPE sobre la relación entre el auge del evangelismo en Brasil y la debacle de su selección en el actual Mundial. Cuando uno vive en Brasil se da cuenta, aunque no quiera, de lo que el fútbol y, sobre todo la Copa, como ellos dicen, significa. A lo largo de 19 años y cuatro mundiales, inclusive uno organizado por ellos mismos, he recabado datos de todo ello. En la Copa Brasil se transforma.
Rodrigo Simón hace un análisis en el que, entre los diversos factores que analiza, ve en los cambios religiosos que se han dado en los últimos años en el país una de las causas por las que todavía, después de cinco intentos, algo inédito, no ha llegado el ansiado hexacampeonato.
A nadie se le escapa que el evangelismo fomenta el individualismo frente a lo comunitario. El cristianismo es la religión del nosotros, pero las iglesias evangélicas, especialmente la corriente neopentecostal que impera en Brasil, han potenciado el yo, viendo el nosotros como algo distante o que se circunscribe a aquellos con los que les unen lazos de proximidad, bien sea familiares, religiosos o políticos.
No es demostrable que la pérdida del jogo bonito, la combinación rápida en la que el balón pasaba de pie en pie con una velocidad de vértigo, en la que todos se sacrificaban por el bien de la Canarinha, tenga que ver con el crecimiento, también entre los futbolistas, de la religión evangélica. Pero lo que está claro es que Brasil ha ido perdiendo con el paso de los años ese deseo de jugar y disfrutar del juego juntos.
En equipo los goles llegan más fácil
Estoy convencido de que juntos somos más, que cuando jugamos en equipo los goles se consiguen con mayor facilidad. Que sentirse comunidad nos aproxima de Dios y de quienes están a nuestro lado. Que una sociedad en la que todos caben, también los diferentes, posibilita la felicidad y la realización personal y social. Juntos todo tiene más sentido, aunque algunos se empeñen en fomentar el individualismo y la división.
Nos deshumanizamos y nos descristianizamos cuando nos olvidamos del otro, cuando nos dejamos llevar por sentimientos que separan. Sentarse para escuchar y dialogar nos ayuda a crecer, sea futbolística, religiosa, humana o socialmente. La mejor estrategia es aquella que se construye entre todos y de la que todos se sienten partícipes. Es verdad que cada uno aportará más o menos, pero el éxito llega cuando cada uno pone todo lo que tiene en favor de aquellos con los que jugamos, rezamos o convivimos.
El cristianismo nace de un Dios que se encarna y que cuenta con otros para hacer realidad el proyecto del Reino. Sabía que no todos tenían la misma habilidad, inclusive que eran limitados, algunos en gran medida, pero siempre insistió en el todos, en el juntos. El desafío está en el modo, en estar convencidos que juntos llegamos más lejos, inclusive a ser campeones… y felices.