Todo el mundo está sanando - Alfa y Omega

Todo el mundo está sanando. ¿Os habéis dado cuenta? No paro de conocer a personas que aseguran estar inmersas en un proceso de sanación. «Estoy aprendiendo a quererme», dicen todos. Los gurús del amor propio brotan debajo de las piedras en las redes. Lanzan vídeos bien editados donde te explican la ley de la atracción, los saltos cuánticos y otras supuestas herramientas para atraer el éxito y la abundancia. En esos vídeos comen sano, hacen deporte y parecen inmensamente felices porque, dicen, por fin se escuchan a sí mismos. Al final, todo ese proceso puede resumirse en una sola idea: tú eres el centro del universo.

Está de moda también trasladar este presunto amor propio a las relaciones sentimentales. Casi todo el mundo sabe lo que quiere y lo que no. Ya no se conoce a la persona, se le pasa un cuestionario. Lo primero que alguien te dice hoy en el momento de ligar son sus red flags. Aquello que no tolerará. Los motivos para la ruptura. «He roto porque me he priorizado», se dice. 

Hace meses, recuerdo, cené con una chica y en el momento de pagar dije: «¿Mitad y mitad?». Ella contestó: «Acabas de bajar 20 puntos». «20 puntos por qué?», le interrogué, perplejo. Me explicó que había quedado conmigo por ser yo más culto y tener un buen trabajo (dos de sus principales green flags con los hombres) pero que le parecía tacaño compartir la factura. Ella buscaba un proveedor, así me lo dijo, porque el amor sale muy caro y no puede permitirse por eso mismo una relación. Como lo leéis.

La vida digital lo está modificando todo, también nuestros amores. Se elige lo compatible, aquello que no supone ninguna fricción. Antes de conocer a alguien queremos saber si encaja en nuestro plan. Como si el amor fuera un algoritmo. En una sociedad que no deja de hablar de diversidad, la diferencia parece estar en peligro de extinción. Manda narices.

El amor propio y los precios de la vivienda tienen un mismo padre, creo: este feroz capitalismo que nos promete la independencia absoluta mientras hace económicamente inviable compartir la vida. Por eso tantos comen solos en pisos enanos que cuestan un ojo de la cara, acompañados si acaso por una mascota. El amor propio también sale caro: gimnasio, iPhone, viajes, comida macrobiótica, ropa cool.

Yo tampoco vivo al margen. Empecé con las pesas hace dos meses, corro cada dos días, intento vestir bien. No soy ajeno a mi tiempo, quiero decir, y no quiero caer en eso del catastrofismo. Lo detesto. Pero, a ver, seamos sinceros. Se nos está yendo la pinza y la vida mientras grabamos los avances del tejido muscular o fardamos de vacaciones.

Mientras pensaba en todo esto, recordé lo que dijo Oliver Laxe en una ocasión: que su maestro (sufí) llevaba siempre puesto un turbante que acabaría siendo su mortaja. Llevar tu propia muerte encima de la cabeza mientras vives es muy hermoso. Muy realista, sobre todo. Porque nos moriremos. Y a eso voy: que he llegado a la conclusión de que, en mi caso la vida realmente sana es la que se vive desde la muerte. Me gusta mirar desde la muerte todo lo que me pasa. No por fatalista, sino porque pienso que la muerte es un ingrediente como la sal: da sabor a cada momento.

Cuando miro mi muerte, cuando me doy cuenta de que todo esto se acabará, mi único impulso es un amor que termina en los otros. Un deseo de abrazo, de perdonar y de ser perdonado. Si no estoy bien con los demás, ¿de qué me sirve estar bien conmigo mismo? Quizá la sanación no consista en ponerse uno mismo en el centro del universo, sino en dejar por fin de ocuparlo.