A la hora de la verdad - Alfa y Omega

Nos pasamos la vida preocupados. Consultamos la cuenta corriente mientras la frente se nos llena de rayas, hablamos con el tutor del hijo que suspende, o bien con el abogado que tramita nuestro divorcio, o vemos las noticias y nos espanta el estado del mundo. En el bar despotricamos del vecino, expresamos nuestra opinión política con mucho énfasis. Defendemos un colectivo, nuestras creencias, explicamos cómo deberían ser las cosas, porque las cosas siempre están mal y nunca son como debieran.

Y de pronto llega un terremoto. Pero uno heavy, a la una de la mañana.

Yo salía del bar del pueblo tras haber estado con rato con los amigos. Ese día hubo temblores, unos cuantos, pero nada del otro mundo. Volvía a casa por la calle principal cuando, de repente, me sentí saltando sobre la acera. Vi los pájaros salir disparados de los árboles, los edificios crujiendo. Escuché gritos en cada casa. Y, de fondo, un rugido, como si debajo de la tierra se hubiera despertado un dragón.

Enseguida llamé a mis hijos. 

Aquella noche les tocaba estar en casa de su madre. Ella fue quien me dijo que querían venirse conmigo porque yo vivo al lado del campo y ellos estaban en un sexto piso. 

Así que me los llevé y dormimos en el coche. Dentro del mismo coche, de repente, leí un wasap de mi exmujer en el que me pedía perdón y me perdonaba. Yo le contesté que todo estaba bien. Y nos dimos las gracias. Todo aquello que nos había enfrentado se disolvió. Aparecieron los corazones. De verdad. Un lenguaje nuevo, sin cuchillas ni flechas envenenadas. Mientras, diluviaba y la tierra seguía temblando. Y aquella escena (mis hijos apretados conmigo dentro del coche, sus taquicardias) resumía la vida: cómo a la hora de la verdad aparece la unión. Nos arrimamos olvidándolo todo salvo la compañía.

Las facturas se esfumaron. Y los suspensos, los abogados, la deuda con Hacienda o ese libro que andaba escribiendo. Todos los que dormíamos al raso éramos la misma persona. Es decir, en un santiamén nuestra agenda se había vuelto inservible y todo aquello que nos angustiaba o que soñábamos quedó en suspenso, como por arte de magia.

Porque los terremotos no solo abren grietas en las fachadas. También agrietan el ego. No solo se vienen abajo las paredes: se derrumban las opiniones, todo aquello que unas horas antes parecía irresoluble. Te das cuenta, de pronto, de que todo eso por lo que te desvives no tiene importancia. O tiene mucha menos importancia que aquello que olvidas

Esta experiencia no es nueva. Pasa lo mismo cuando nos echan del trabajo, cuando se rompe la pareja, ante un diagnóstico inesperado, con la muerte repentina de un conocido. El día de la riada o ese incendio que calcina el decorado donde vivimos. Cada vez que sucede lo impensable, aquello que no hemos apuntado con fluorescente. Cuando todo se va a la mierda.

Luego, pasado el susto, volvemos a preocuparnos. A esperar que llegue algo mejor. Vuelven la factura, el abogado, los tutores, el aviso de Hacienda, las vacaciones soñadas. El ahora vuelve a ser resbaladizo como un pez. Vuelve la presunta normalidad. Pero llegará otro acontecimiento que nos hará ver, una vez más, que lo normal era aquello: un wasap en el que nos despedimos por si las moscas, olvidando todo lo malo. Los abrazos. El calor que nos dimos dentro del coche bajo la lluvia.