Buenismo: cuando la bondad se aleja de la verdad - Alfa y Omega

El buenismo es un término que ha adquirido no poca actualidad, hasta el punto de ser ya recogido por la RAE, que lo define como «actitud de quien, ante los conflictos, rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia». La definición no deja de ser ambigua, pues mientras que rebajar la gravedad de un acontecimiento no puede ser una acción moralmente buena, ya que contraviene la verdad —si un acontecimiento es grave, lo es— otra cosa es que, admitiendo su gravedad, se esté dispuesto a perdonar o a cargar benévolamente con las consecuencias. A este respecto, otra forma de buenismo, que no aparece recogida en la definición de la Academia, es que suele ir acompañado de una pobre exigencia de verdad; no se molesta en analizar las situaciones con rigor. Esta carencia es muy actual en un contexto de evidente crisis de la razón, en el que la propaganda y las apariencias han adquirido un peso desmesurado. A ello se une esa necesidad que tenemos los seres humanos de ser apreciados, lo que nos lleva a veces a preferir la buena fama —que nos consideren buenos— a lo debido.

Por otra parte, tampoco puede ser buena ninguna acción que exceda la medida que el bien eventualmente exige —una tolerancia excesiva ha de significar, por excesiva, un acto irresponsable, ya que confunde a aquel que ha obrado mal, impidiendo que la persona en cuestión pueda ir corrigiéndose y avanzando—. En cambio, ceder con benevolencia es a veces necesario, pues con ello se evita que el otro se encierre en una actitud defensiva, permitiéndole además vivir una experiencia del bien. Efectivamente, la corrección fraterna exige en determinadas circunstancias, cuando las palabras ya no surten efecto, bajar la mirada, silenciar los reproches y seguir alimentando cabalmente la amistad. sin renunciar nunca a la verdad.

Esta actitud, que está mirando al bien —el del otro y el de los otros, pues nuestra vida es inexorablemente y a la vez individual e intersubjetiva— abre un tiempo de silencio, un espacio para que la conciencia en su intimidad forcejee consigo misma y ponga en marcha un camino de conversión. Todos necesitamos muchas veces que nos abran espacios así. Según lo dicho, el buenismo, lo practique quien lo practique, en cuanto acto y actitud no es correcto. La actitud (actitudo), tanto si es el resultado de la sedimentación en la persona de sus actos habituales (ethos), cuanto más si con actitud nos referimos a un carácter de la esencia humana (habitus en sentido zubiriano), es en todo caso fundamental en nuestras vidas, pues en sus diversos grados la actitud constituye el modo de estar en la realidad, el modo de habitar el mundo, siendo por ello factor primordial que determina nuestros actos y, con ellos, nuestra existencia y nuestra persona.

Como vemos, la actitud buenista no habita la verdad y puede incluso incurrir en cinismo. Suele haber una distorsión entre lo que buenistamente se acepta, se defiende o incluso se promueve públicamente y lo que se aceptaría en la propia vida privada. Desgraciadamente, la suspensión de la certeza de la vida interior del espíritu, propiciada por el sociologismo y el relativismo de ideologías modernas, permite que las personas esquivemos esa eficacísima herramienta consistente en examinar la coherencia entre aquello que proclamamos y lo que realmente vivimos y hacemos. Esta incoherencia puede ser más o menos consciente; cuando se es consciente de ello, pero se sigue alimentando la falsa fachada, estamos ante puro cinismo —en realidad, puro nihilismo—. Por otra parte, el buenismo político es muy peligroso, porque solo mira bienes sectoriales, es cortoplacista, no se rige por el verdadero compromiso con el bien común; es, como ya detectó con toda claridad la escuela socrática, pura demagogia —la enfermedad propia de la democracia, que puede, incluso matarla—. Es entonces el buenismo una estratagema de la ideología: constructo de ideas al servicio de la voluntad de poder frente a la piedad que atraviesa la voluntad de verdad. Parce innegable, además, que en las personas que detectan la falsedad política del buenismo va creciendo un desencanto y un rechazo de la vida política, cuya evolución es imprevisible. Se ha debilitado de una manera preocupante la exigencia moral de muchos ciudadanos hacia los gobernantes. Aunque no podemos entrar aquí en el asunto, hay que decir que un gran aliado del buenismo es la premeditada o ingenua ignorancia de la realidad del mal. Ya nos alerta la Revelación (y la razón): el mal existe, y tratar de vivir como si no existiera, eso es, precisamente, también buenismo. La dificultad está entre no sucumbir al pesimismo y al mismo tiempo asumir cabalmente la responsabilidad ante la existencia del mal. En fin, parece que el buenismo es una de las tentaciones que nos acechan en la época que vivimos.