Los porqués de la Teología - Alfa y Omega

Preguntarse sobre el porqué de aquello que hacemos es importante. En ese sentido, el estudio sobre Dios, la Teología, es una ciencia que ante las preguntas que hoy se hace la humanidad, es desafiada a partir del estudio y la reflexión, a dar respuestas, o al menos generar intuiciones.

Estudiar para dar respuestas

Son preguntas profundamente humanas, entre ellas ¿Qué podemos esperar?, ¿Qué hace una vida digna?, ¿Cómo afrontar el sufrimiento?, ¿Dónde encontrar razones para vivir?, ¿Qué significa ser persona?, como señalaba con motivo del inicio del nuevo curso en la Universidad Eclesiástica San Dámaso su gran canciller, el cardenal José Cobo. En sus palabras invitaba a no temer la complejidad, ni el diálogo con quienes piensan de otra manera, ni las preguntas, por duras que sean. Por eso, no dudaba en afirmar que «la Teología tiene mucho que estudiar y muchas respuestas que aportar ahí».

A eso ayuda el diálogo con todos y con las diversas ciencias. «La verdad cristiana no necesita levantar muros para protegerse», decía el cardenal, lo que nos hace ver que enrocarse en las seguridades propias y sentirnos dueños de la verdad no es el camino. De hecho, «Dios no pone en nuestras manos una cartografía completa de nuestra existencia», recordaba el arzobispo de Madrid. Al contrario, lo que Dios hace es que «nos da una luz para caminar, para discernir el siguiente paso», que por otro lado no podemos delegar en nadie, tampoco en una Inteligencia Artificial que nos quiere convencer de que lo sabe todo. 

Una universidad que enseña Teología es llamada, advertía el cardenal Cobo, a «formar inteligencias capaces de pensar, personas capaces de discernir y corazones creyentes en los que la fe y la razón aprendan a caminar juntas». Una Teología rigurosa y humilde, que en virtud de esas categorías es «capaz de conversar con la ciencia, con la cultura y con esta historia que cambia tan rápidamente».

Servir mejor a la Iglesia

Un estudio teológico que, en palabras del arzobispo de Madrid, «forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia», y así pueda responder a la llamada a «acercarse a las heridas humanas y ayudar a pensar desde el evangelio los grandes desafíos que afectan a la vida, la dignidad, la libertad, la justicia o la paz». Un estudio que haga posible «comprender mejor y para servir mejor a la Iglesia y a las personas concretas a las que somos enviados», recalcaba. Algo que se debe llevar a cabo con humildad y juntos, en vista de aprender a amar. 

Se trata de buscar, de dejarse conducir por Dios, de pensar con libertad y rigor, de preguntar sin miedo y creer sin dejar de pensar, de dejarse interpelar por el Misterio y así generar una Teología que sea crítica y que sea profética, como reflexionaba el cardenal Cobo. Un estudio de la Teología que «nos haga experimentar más intensamente a Dios», una necesidad en una ciencia que, teniendo en cuenta su etimología, debe llevarnos a un conocimiento experiencial. 

Una Teología que transforme, que nos convierta, que nos haga avanzar en el camino de la santidad en la medida en que se conoce el amor de Dios en Cristo. Una Teología que capacita para servir, pues profundizar en ella ensancha el corazón. Una Teología que abre a la vida, a veces tempestuosa, a nuevos horizontes, encontrando en el estudio sobre Dios «formas y lenguajes capaces de anunciar el Evangelio en las distintas situaciones de la historia», como reconocía el arzobispo de Madrid. Una Teología que ofrece las pautas para una verdadera conversión misionera, que lleve a la Iglesia a estar presente en la vida de la gente, escuche sus sufrimientos y esperanzas y ofrezca la luz del Evangelio. Una Teología que forma intelectualmente, hace profundizar en la experiencia de fe y capacita en la lectura evangélica de la realidad.