Las reacciones a lo que sucede a nuestro alrededor, inclusive a situaciones que cuestan la vida a las personas deben llevarnos a pensar en la sociedad que estamos construyendo. También en el futuro de la humanidad y en los valores que en ella se transmiten, inclusive en la familia, núcleo fundamental de convivencia y para la construcción de un mundo mejor.
Construir una fraternidad universal en Cristo
Las palabras del Papa León XIV en el discurso de apertura del encuentro: Diez años después de ‘Amoris laetitia’: Anunciar el Evangelio a las familias de hoy, que se celebra en el Vaticano de 7 a 14 de octubre, el pontífice advertía que «la familia sigue siendo clave para un enfoque que mantenga unido lo local y lo global, guiado por la búsqueda de una fraternidad universal en Cristo que el Evangelio nos llama a construir con todos».
En la sociedad del enfrentamiento y la polarización, la llamada a buscar una fraternidad universal que se debe construir entre todos es un reto cada vez más urgente. Una premura que todavía es mayor si nos decimos cristianos. La ausencia de esa actitud preocupa más cuando las reacciones negativas, que llevan a alegrarse ante la muerte de alguien, vienen de gente que se dice, aunque claramente no lo es, cristiana.
Es preocupante el empeño en dividir, también en el seno de la Iglesia. En el caso de Amoris laetitia, que motiva el encuentro que se lleva a cabo en Roma, como en otros muchos documentos, la disensión se exalta más que el hecho de que esta propuesta magisterial haya sido «acogida en diferentes culturas y contextos pastorales», y, lo que es más importante, «ha acompañado la vida concreta de las familias y ha inspirado iniciativas y procesos».
Todo instrumento que ayuda, como ha hecho Amoris laetitia, «a acompañar a las familias en circunstancias muy diversas», como ha reconocido León XIV en su discurso, deben ser motivo de agradecimiento, inclusive por parte de quienes no están de acuerdo en su totalidad. Dios actúa a su manera y provoca, también a través del Magisterio pontificio, «historias de conversión, de frutos inesperados y de las relaciones que Dios ha tejido en el seno de las familias mientras nuestras comunidades se han esforzado por acompañarlas», decía el Papa este 7 de octubre.
Acompañar
Aquí nos deparamos con una palabra que es fundamental para la Iglesia: acompañar. Cuando estamos al lado de la gente y conocemos las situaciones, no siempre fáciles, por las que pasan las personas, tenemos mayor facilidad para «reconocer lo que Dios ha estado suscitando en medio de nosotros y hacia dónde su Espíritu está guiando a la Iglesia hoy».
Es en la familia donde se aprende lo que significa amor y fidelidad, cuidado y perdón, educación, fe, atención a los mayores y vulnerables, servicio a la comunidad y a la sociedad, escucha. Un testimonio de vida que nos lleva después a reaccionar de uno u otro modo ante aquello que vivimos en el día a día, especialmente ante la fragilidad, que «nos lleva a preguntarnos si somos capaces de mantenernos unidos cuando la vida ya no se corresponde con lo que habíamos esperado».
León XIV cuestiona sobre la postura de la Iglesia ante las personas más frágiles, sobre la capacidad para que hacer sentir que tienen lugar. Desde ahí se convierte en decisiva la pregunta del Santo Padre por la paciencia, cercanía y misericordia de la Iglesia. No olvidemos que la misericordia de Dios es fuente de resiliencia para el débil y muestra de la ternura de Cristo. Y a ser así uno aprende, o al menos debería, en la familia.