Tan importante como aquello que decimos es la intención que nos mueve a ello. La figura de quien a lo largo de la historia ha cuidado de la fe de la Iglesia, independientemente del nombre que se le ha dado, ha generado no pocas veces sentimientos de temor, inclusive de miedo.
Cuidado responsable hacia la familia humana
Por eso, cuando quien en este momento es prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el cardenal Víctor Manuel Fernández, expone el magisterio eclesial e incide en «un cuidado responsable hacia la familia humana», citando la encíclica del Papa León XIV Magnifica humanitas, estamos ante un punto de partida decisivo, todavía más cuando insiste que la cuestión de fondo es el cuidado de la humanidad.
Son ideas que ha expuesto en su conferencia Las lecciones de la Carta Encíclica Magnifica humanitas. Una IA centrada en las personas, pronunciada este 30 de septiembre en la Universidad de Comillas. Que, en una encíclica, aquel que cuida de la fe de la Iglesia subraye que la humanidad es magnífica «cuando cuida la dignidad de las personas, cuando busca el bien de todos, cuando promueve a los débiles», es un claro signo de esperanza.
No todo es IA, aunque es de recibo reconocer que para algunas cosas es importante. Lo primero es aquello que nos lleva a tener en cuenta al otro, especialmente a quien no cuenta. Por eso, «no importa si nació aquí o allá, si es negro, si está preso, no importa si es gay o discapacitado. Cada uno posee esta inmensa dignidad de ser humano», decía Tucho Fernández. Una afirmación que nos tiene que llevar a pensar como humanidad y como Iglesia, también como Iglesia en Madrid. Nuestros discursos no siempre coinciden con aquello o aquellos que de verdad nos importan. Una dignidad que es infinita y para todos, también para el más despreciado.
Aplaudir a «los mártires de lo cotidiano»
De ahí la necesidad de aplaudir a «los mártires de lo cotidiano», gente que siempre está ahí, que «nunca perdió el corazón en medio de los prodigiosos avances tecnológicos». Una actitud que contrasta con los sueños de buena parte de la humanidad actual, lo que demanda «levantar la cabeza para reconocer al otro». De hecho, «la chispa de la humanidad buena es tozuda y se resiste a desaparecer», afirmaba el cardenal, que ponía a Dios «detrás de esta persistencia del bien».
La inteligencia artificial aporta en muchos campos, pero lo fundamental es entender que «todo está al servicio de la dignidad, el bien común, el desarrollo integral y la fraternidad». La pregunta que surge es qué lugar ocupan estas categorías en la lista de prioridades de muchas personas, inclusive cristianos, y por qué no decirlo, de católicos practicantes.
Nunca podemos ignorar que «lo humano tiene un valor único e irremplazable», decía el prefecto, que hacía ver la importancia de los límites, de donde nace la compasión o la preocupación por el otro, que no olvidemos son categorías esenciales a la hora de hablar de humanidad y de cristianismo. Una pregunta decisiva a partir de ahí es cómo nos relacionamos con quien no tiene poder, con los más débiles e indefensos, con los que no cuentan nada porque no son útiles para los engranajes de los poderosos. El desafío del cristiano es querer ser «centinelas de la sociedad para la vida de los últimos».