Mi amiga Susana me ha mandado una foto desde el campus. Un táper pequeño con tres o cuatro fresas y un libro de Pushkin encima de su pernera.
«Estoy comiendo fresas antes de entrar a clase», me dice. Luego añade: «Es difícil con estos días de sol no sucumbir a la esperanza y la belleza. Hay gente cantando por la facultad y se oyen las voces a lo lejos, concatenándose».
Yo le respondo mientras sonrío que el tejido del pantalón combina bien con las fresas. Que me gustaría comer fresas con ella debajo de un árbol y que a veces me despisto mirando la sombra de los pájaros en las aceras. Y termino: «Cuando me envías fotos como esta mi corazón suena como una rave».
Las fresas, el libro de Pushkin. Otro verano que acaba de comenzar.
40, he vivido ya 40 veranos. Hoy los he contado. Muchas personas no han vivido tanto y sin embargo a mí se me antojan escasos. ¿Cuántos más viviré? Suponiendo que llegue a los 60 años, me quedan 20 veranos. Si con suerte vivo 80, serán otros 40.
Pocos. Me parecen pocos, la verdad.
He visto los árboles deshojarse 40 veces y aun así a veces olvido que alguna vez será el último invierno. Que habrá un momento en que el número de inviernos se detendrá. Que habrá una última lluvia. Una última vez en la que me abrigue antes de salir a la calle. Que habrá un último baño en el mar. Una última patada a las hojas otoñales. Una última visita al ambulatorio para que me receten Ventolin para el asma primaveral.
Lo confieso: me acostumbro a estar vivo, pero la vida pasa y nos moriremos todos. Y pasa deprisa, como esa estrella de rock que va flechada desde el hotel hasta el coche entre hileras de fans enloquecidos.
Son demasiados los atractivos, demasiadas las cosas que echaré de menos cuando sea un fantasma.
Tras leer el mensaje de mi amiga, después del trabajo, he resuelto apartar ese gran artículo en el que meditaba. Al ver las fresas he preferido uno como este, una habitación sencilla en la que alguien come fresas antes de ir a clase. Así comienza una buena historia: con unas cuantas fresas y un libro de Pushkin.
Un palacio puede tener puertas de hierro con guardias, muros sólidos, pero basta una grieta del tamaño de un dedo para que un ratón entre sin derribar nada ni pedir permiso. Pues bien, el corazón de la realidad —eso que parece inalcanzable o reservado para unos cuantos privilegiados— rara vez se alcanza por la fuerza. No accede a él quien tiene más poder o más voluntad, sino quien sabe hacerse pequeño. Del tamaño de una de las fresas de mi amiga Susana.