Uno de los premios que me ha dado la edad es que ya no persigo a la gente. Antes sí. Por no ser abandonado por tal o cual persona, hacía oposiciones. Ahora me cansan las amistades anémicas, esas que hay que reanimar de vez en cuando con un wasap para que la otra persona se acuerde de que existimos. Esas relaciones que nunca dejan de ser un prólogo, parecidas a un libro que no pasa de la segunda página.
Recuerdo que un día, tras preguntarle a una novia que tuve si uno de sus mejores amigos tenía pareja, me contestó que no lo sabía. Que nunca hablaban de asuntos muy privados entre ellos. Me quedé perplejo. ¿Cómo pueden irse juntos de viaje, verse a menudo en el trabajo y en los bares, y no compartir ese tipo de confidencias?, me pregunté. Parece que es algo muy extendido.
El otro día lo hablaba con alguien. Con el tiempo, nuestro núcleo afectivo —eso que llamamos intimidad— queda reducido a tres o cuatro personas, con suerte. No me refiero a los conocidos, que son muchos. Pienso en las personas que te buscan y no calculan qué te dicen ni cómo. Que se esfuerzan por hablar y saber de ti, por acunarte en las horas bajas o beber contigo en las otras. A las que no hace falta decirles nada ni agradarles para que se queden contigo, porque no se han ido cuando han visto tus oscuridades. Esos amigos que son como un sofá cómodo en el que vemos una buena película la tarde del domingo mientras llueve.
Tras esa simplificación que realiza el tiempo —que en realidad es pura honestidad—, la agenda se alivia; incluso hay fines de semana que se quedan desangelados. Sin escapatorias inútiles ni salidas de las que luego uno se lamenta. No, ya no caigo en la trampa. Cultivo las relaciones sanas, esas en las que puedo estar a gusto.
Decía Scarlett Johansson, cuando hace poco cumplió los 40, que es la edad en la que ya no te importa lo que piense nadie, y que eso es muy liberador. Está claro que la edad no es sinónimo de madurez. Puede pasar lo contrario: que uno se despendole y acabe, no sé, siendo enfermizamente infantil (a partir de los 40 está el peligro de querer ser más joven que los jóvenes, lo cual acaba siendo ridículo). Pero es cierto que los años y la experiencia acaban dándonos una libertad antes desconocida. Uno empieza a cuidarse porque ya lo ha pasado mal, porque ha experimentado qué merece la pena y qué vale la pena dejar pasar.
He accedido, pues, a esa etapa en la que uno solo se conforma con lo real y esquiva lo que le hace daño. Y qué bien se vive sin ser un ansioso afectivo, cuando te da lo mismo lo que piensan de ti porque has empezado por fin a quererte como eres.