He comprado en el chino del pueblo un antipolillas con olor a lavanda fresca. Es la marca que compraba mi abuela materna, que ya ha cumplido 97 años. Quizá por eso he derramado una lágrima mientras colocaba la bola perfumada debajo de la montaña de jerséis. Porque ese gesto no es mío. Es mi abuela moviendo mi brazo, igual que pasa en una posesión (también los ángeles buenos pueden habitarnos).
Además del antipolillas, uso el mismo colorante que ella usaba para el arroz. O envuelvo los abrigos y las sábanas en plásticos para tener la ropa curiosa, como decía ella. Con el paso del tiempo me he apropiado de su modo de llevar la casa. He ido haciendo mío su cuidado. Esa manera de aplanar la colcha con su mano huesuda. Y el olor a limpio de las sábanas, ¡ah!
El otro día la floristera me regaló unos lirios porque se sorprendió de lo bien que cuido mis plantas (nunca se me mueren).
—Qué buena mano tienes —me dijo—. Creí que comprabas tantas plantas porque se te morían todas.
Eso me viene de mi abuelo, al que miraba enfundado en su mono azul marino mientras cuidaba las tomateras y los árboles frutales de su huerto. Mis abuelos me han regalado el cuidado. Sin su ejemplo mi rutina sería más fea, más descuidada. Ahora mis manos huelen a lavanda fresca, mientras escribo. Y mi ropa tiene el perfume de mis abuelos. Que olían a belleza, a mimo y a tiempo con atención.
Mi abuela dentro de nada no estará entre nosotros. Lloraré mucho y la echaré mucho de menos. Iré a su tumba a ponerle flores y sacaré brillo a los recuerdos, para que no se estropeen. Pero sobre todo me reconfortará saber que vivirá en estos gestos míos diarios. Que mi abuela me poseerá mientras cambio los antipolillas o envuelvo la ropa del armario en plásticos. Que mi abuelo regará con mi mano las macetas que tengo en casa.
A medida que cumplo años, soy más consciente de que todo se me ha dado y de que estoy en deuda con los demás. Siendo adolescente creía lo contrario: que era original y poseía cualidades que me hacían irrepetible y único, que no necesitaba de nadie. Pero no, al crecer descubrimos al padre en esa zancada, a la madre en la manera de fruncir el ceño, al abuelo en el estornudo. Vamos descubriéndonos un calco. Constatamos que, lejos de ser una isla, somos más parecidos al cableado de un aparato eléctrico. Nunca, jamás, uno vive en singular. A poco que observemos, veremos que todo está en relación. Que nada vive por sí mismo, sin la ayuda de lo demás. El amor es eso: un tejido. Mi vida se tiene en pie porque no estoy solo, porque otros han configurado mi modo de hacer las cosas. Por eso la gratitud no es un esfuerzo sino una toma de conciencia. La consecuencia natural de darnos cuenta.
Si somos sinceros, si miramos nuestra vida de frente, descubriremos que somos la consecuencia de muchas otras vidas anteriores. Su precioso eco. Veremos que somos una casa llena de apariciones.