Pablo vive de manera sobrenatural - Alfa y Omega

… Entiendo que hubo una conversación y que empezaría como empiezan muchas en la vida de un chico de 20 años: con preguntas. Preguntas sobre el futuro, sobre lo que quiere hacer, sobre quién quiere ser realmente. Tiene inquietudes, sueños, caminos abiertos… es joven, con esa mezcla de entusiasmo, pillería y búsqueda que caracteriza a quienes están empezando a descubrir el mundo… y que como dice su madre, son capaces de lo mejor…

Pero su historia pudo cambiar. La enfermedad irrumpió, quizás, demasiado pronto, colocándole frente a una realidad que, humanamente, parece no corresponder a su edad. De repente, aquellas preguntas cambian de profundidad: van sobre el sentido mismo de lo que está viviendo. Y él sabe encontrar un sentido alto: «alza la mirada».

Le he oído hablar de Dios. No es algo aprendido de memoria, ni una idea lejana. Es una relación viva, cercana, que se hace más fuerte en medio de la incertidumbre. Hay en él una fe sencilla, pero muy profunda: una confianza serena, sin grandes discursos, que se nota en su manera de estar. A veces calla, otras veces pregunta… unas preguntas a su padre; otras a su madre… otras a su hermano, conversaciones de chicos… otras a su novia, de seguro sencillas, de amor joven, de miradas que hablan… distingue… pero siempre parece apoyarse en Alguien más grande que él. Se nota que está «muy bien acompañado».

Su casa se llena a menudo de gente. Familia, amigos, comunidad… personas que no quieren perder un rato de estar con él. Pero no es solo presencia física. Hay cariño, cuidado, silencios compartidos, risas que surgen casi sin buscarlo, intercambio de cromos Panini Liga o Fifa, fútbol, pizza… A veces, simplemente se sientan cerca, o en la terraza de la habitación del hospital…. Y en ese «estar», tan simple y tan difícil a la vez, se construye algo muy profundo: una red que le sostiene.

Él también sostiene a los demás, aunque, ¿es consciente de ello? …  lo sabe… Hay momentos en los que, al mirarle, una siente que es él quien enseña. Con su manera de aceptar, de preguntar, de vivir cada día como viene. No idealiza lo que está pasando. Hay miedo, hay momentos duros… pero también hay una especie de fuerza serena en su forma de afrontarlo.

Cada día adquiere un peso distinto, una intensidad que no suele percibirse a los veinte años. Su vida no se ha hecho más corta en valor, sino más llena de significado.

Hay una dignidad muy clara en él. No una dignidad sin dolor, sino precisamente una dignidad que se manifiesta en medio de la fragilidad. En cómo se deja cuidar, en cómo mira, en cómo sigue queriendo a los suyos. Su historia recuerda constantemente que el valor de una vida no depende del tiempo que tenga por delante, sino de la «calidad» con la que se vive cada momento.

Y, aunque todos en su familia, en sus amigos… saben hacia dónde se encamina el proceso, dibujan una historia valiente, sin miedo. Es una historia de acompañamiento. De presencia. De amor concreto.

Cuando una sale de una habitación así, entiende algo que no se aprende en los libros: que cuidar es mucho más que hacer. Es estar. Es mirar. Es acompañar. Y que, tantas veces, en ese encuentro, no sabes muy bien quién cuida a quién.

Quizás monte el Belén en junio, ¿por qué no? Quizás salga a pescar al embalse del Retiro, ¿por qué no? Quizás haga rosquillas en un campig-gas ¿por qué no? Quizás se despida con una guitarra y una alegría propia de las personas de fe … ¿por qué no? Y de seguro, escriba (escribamos) una segunda carta… y su madrina, cómplice de tantas aventuras, de «principio a fin», hará todo posible…

Su vida deja huella. No por lo que pudo llegar a ser, quiere ser farmacéutico… sino por todo lo que es en este tiempo: cuando le conocí y le pregunté qué estudiaba, me dijo «Farmacia…  pero creo que me quedo en proyecto»… Y pienso que tenía razón… es el proyecto de Dios para su familia, para los que le quieren, para él mismo… un joven que, en medio de la enfermedad, muestra una forma profundamente humana y sobrenatural de vivir, de confiar y de amar. 

Es Pablo.