Cuando quien obliga a migrar es el cielo y el suelo - Alfa y Omega

Una de las grandes noticias del Mundial de este 2026 es la falta de visados para aficionados de países africanos que quieran seguir a su selección en Estados Unidos. Tanto es así que no pudieron ir incluso icónicos hinchas como Michel Nkuka Mboladinga que durante los partidos se queda inmóvil, como si fuera una estatua del expresidente congoleño Patrice Lumumba; ni tampoco la madre de Vozinha, portero de Cabo Verde que frenó a España.

Lo que sufre ese congoleño y la familiar del futbolista caboverdiano es lo que padecen millones de personas en el continente africano: la imposibilidad de poder migrar motu proprio ante una política de visados restrictiva que frena el movimiento de personas. Esa es la barrera legal para marcharse no solo a Europa, sino también entre países vecinos. 

Cabe hacer una diferencia esencial entre movilidad humana y migración. Siempre nos movemos de un pueblo a otro, de una ciudad a otra; puedes ir y venir, con el propósito de regresar. Pero migrar es partir de un punto hacia otro por diferentes motivos.

Solemos dividir las migraciones en forzosas o no forzosas, pero la realidad es que varios factores influyen. Uno de ellos es el factor legal, otro puede ser el económico. Pero cuando hablamos de migraciones climáticas, uno de los principales factores suele ser el suelo. Al hablar de migraciones climáticas se suele mirar al cielo. Bien por un exceso de lluvia, como vimos cuando el ciclón Idai sumió a la ciudad mozambiqueña de Beira bajo el agua, o precisamente por la falta de la misma, como en las graves sequías que afectan a los países sahelianos o a zonas desérticas del este de África, y que dan lugar a imágenes como la que aparece ilustrando esta noticia.

Es, sin embargo, un error considerar que las migraciones climáticas solo vienen dadas por el cielo. A menudo hay que bajar la mirada y tener también en cuenta lo que pasa en el suelo. La acción humana ha ido degradando los suelos y el cambio climático ha reforzado una situación que ha hecho que se pierda la capacidad productiva. Ante esa situación, cualquier desviación climática provoca que los cultivos sean peores, más pequeños o menos cuantiosos, diezmando las posibilidades de alimento y ganancia económica de millones de personas en África.

La población rural en este continente era del 86 % en 1960. Según datos de la ONU, en 2024 era solo de un 56 %. Las ciudades crecen por encima de sus posibilidades y muchas personas se ven forzadas a migrar a ellas al ser incapaces de sostener a familias eternas con los frutos del suelo, que paga el cambio climático favorecido en el norte global. El continente africano solo emite un 4 % de los gases de efecto invernadero que llevan décadas calentando el mundo, pero tiene los países con mayor vulnerabilidad climática.  

La crisis climática genera también grandes choques entre pueblos, como los que ocurren en el cinturón central y norte de Nigeria entre comunidades agrícolas y nómadas. Estas segundas han tenido que ir bajando por el país para que sus animales puedan alimentarse de pastos frescos, chocando contra comunidades que han visto cómo les han invadido sus terrenos, llevando a un conflicto gigantesco que se simplifica en nombre de la religión o de la etnicidad. Aunque no hay datos fidedignos, en el conflicto entre los pastores y los agricultores han muerto al menos 10.000 personas desde 2010, añadiendo a la crisis climática otra capa, la de inseguridad.

Todo ello acaba consumando lo que se conoce como inmovilidad climática. Es decir, cuando quieres dejar tu hogar para buscar una vida mejor frente a los problemas que causa la crisis ambiental, pero no puedes. En África hay una alta intencionalidad de migrar respecto a una baja capacidad de hacerlo por medios propios, bien por chocar contra la falta de un visado que no te ofrecen, contra un grupo armado o contra tu propia incapacidad de costear tu migración.

Ese es el mayor drama; de ahí que sean necesarias políticas tanto para permitir una migración legal, como sobre todo que permitan evitar esa migración forzosa mediante la adaptabilidad climática. Se debe hacer con un enfoque del triple nexo en la acción climática: a corto plazo, la asistencia humanitaria, y a medio y largo plazo la construcción de paz y el desarrollo humano. Solo abordando todos a la vez se conseguirá avanzar para evitar migraciones forzosas por culpa del cambio climático.

En los IV Premios África Mundi celebrados el pasado 18 de junio en CaixaForum se celebró una mesa redonda sobre migraciones climáticas en la que participaron Glòria Pallarés, Ignacio Suárez-Fernández, Sara Bourehiyi y Ebbaba Hameida. En la gala se premió a periodistas como Èlia Borràs, Diego Menjíbar y Sergio Rodríguez Ruiz.