Al encuentro de san Agustín
La visita del Pontífice a Pavía tuvo algo de peregrinación íntima. El Santo Padre puso a toda la humanidad frente a una historia que también es la suya. La de un corazón herido por Dios y la de una Iglesia que ha de ser promotora de unidad
Hay viajes cuyas coordenadas geográficas arraigan en la propia biografía, en ese lugar donde se guardan las raíces, como le ocurrió a León XIV en su reciente visita a Pavía. Una cita que tuvo algo de regreso, de gratitud y de solicitud de intercesión. Esa mano que el Papa deposita con tanto cuidado sobre las reliquias del gran Agustín de Hipona es la de un hijo que llama a la puerta de su padre para pedir consejo y ayuda. Porque la esencia de León XIV es agustina y antes de ocupar la cátedra de Pedro, aprendió a mirar el mundo con los ojos de aquel obispo africano que hace 16 siglos revolucionó la historia de la Iglesia.
Hoy sus restos descansan en la basílica de San Pietro in Ciel d’Oro de Pavía, donde llegaron desde Hipona tras un viaje tan accidentado como fascinante, para evitar que desaparecieran en medio de las invasiones. Desde entonces, generaciones enteras de peregrinos han acudido a ese rincón de Lombardía para encontrarse con este gigante. Durante la homilía ante los restos del Doctor de la Gracia se notaba que el Papa estaba feliz de tener tan cerca a su mentor. Recordaba que en nuestro tiempo muchas personas parecen haber perdido el gusto espiritual o que incluso no logran percibir como atractiva la propuesta de la fe cristiana. De ahí que «estamos llamados a llevar el anuncio del Evangelio, un anuncio gozoso y liberador de Jesucristo, que haga emerger la belleza de la fe para nuestra vida y para nuestra sociedad».
Cuando apareció por primera vez en el balcón de San Pedro, presentó como su curriculum vitae: «Soy agustino, hijo de san Agustín». Con esa claridad puso las cartas boca arriba, para advertirnos de que nos enseñaría a mirar la vida siguiendo las huellas de aquel inquieto obispo africano al que ha acudido a rezar como primer Pontífice agustino. En su escudo figura el corazón atravesado por una flecha, imagen inspirada en las Confesiones: «Has herido mi corazón con tu amor». También su lema, In Illo uno unum (En el único Cristo somos uno), brota directamente de la espiritualidad agustiniana que ha marcado toda su vida.
Por eso la visita a Pavía tuvo algo de peregrinación íntima. El Santo Padre puso a toda la humanidad frente a una historia que también es la suya. La de un corazón herido por Dios y la de una Iglesia que ha de ser promotora de unidad, tal como recordó a su llegada: «Basta ya de palabras de odio, basta ya de insultos, de acoso, basta ya de todas esas cosas que siembran la guerra entre las personas, entre las comunidades, entre los países. Todos debemos aprender a ser constructores de paz y promotores de la reconciliación».