La zarza que sigue ardiendo: Sigrid Undset
El anuncio de la apertura de su causa de canonización ha puesto el foco en esta autora noruega, ganadora del Premio Nobel de Literatura, que conoció el exilio por su oposición al nacionalsocialismo
La obra de Sigrid Undset (1882-1949) está atravesada por una exigente convicción: la moralidad no es un engranaje impositivo ni se constituye por una lista de leyes o normas. La moralidad consiste, más bien, en una transformación de la conciencia; solo así puede construirse una comunidad más interdependiente y menos sujeta a los volubles e interesados imperativos de cada época. Ante el individualismo que propugna la sociedad contemporánea y que define la identidad por su autonomía y autoafirmación, Undset propuso poner en juego una libertad que nace del reconocimiento mutuo. No por casualidad denunció pública y tempranamente el nacionalsocialismo, lo que la obligó a exiliarse algunos años en Estados Unidos tras un largo periplo. Allí siguió ejerciendo la disidencia hasta su regreso a Europa en 1945.
En 1928, la Academia Sueca reconoció a Undset con el Premio Nobel de Literatura. Su obra literaria, ensayística y periodística apunta a un hondo proceso de transformación y cuestionamiento de la conciencia individual y social, sin duda uno de los problemas centrales de la Europa de la primera mitad del siglo XX —sacudida por dos guerras mundiales y por el ascenso de los totalitarismos— y del escenario global actual, transido por una revolución digital que dificulta una pausada reflexión ética sobre los cauces que nos empujan a un progreso de rostro incierto.
En sus ciclos novelísticos más extensos, como Kristin Lavransdatter —traducido como Cristina, hija de Lavrans— u Olav Audunssøn (ambos títulos publicados en Ediciones Encuentro), así como en la mayor parte de sus narraciones, como su primera novela, La señora Marta Oulie (1907); La saga de Vigdis, también en Ediciones Encuentro; Jenny (Editorial Espinas) o La edad feliz (traducida al catalán en Edicions Ela Geminada), Undset reflexionó sobre el papel de la mujer en la sociedad y su derecho a contar con su propio oficio y sustento, sobre la maternidad, sobre la moralidad y la religión, sobre la libertad y el destino (no dejen de leer su novela Ida Elisabeth, publicada en Ediciones Palabra), sobre la tensión entre tradición y progreso o los conflictos entre egoísmo y comunidad; y, ante todo, se preguntó qué sucede cuando una sociedad acaba por olvidar la voluntad de distinguir entre lo bueno y lo malo hasta terminar asfixiada por el cerco de «lo conveniente» y condenada por la mezquindad de lo meramente técnico o utilitario. También recomendable para conocer su vida resulta la biografía de Maria Dolores Bosch (Círculo Rojo), titulada Yo soy Sigrid Undset.
Nuestra autora nació en Kalundborg (Dinamarca), aunque la familia se trasladó, siendo ella aún una niña, a la capital noruega, Christiania (actual Oslo). Hija de un arqueólogo y de una madre que tuvo que bregar con numerosas dificultades, desde muy pronto sintió fascinación por la Edad Media, un interés que encontraría su expresión en su monumental novela Cristina, hija de Lavrans (1920-1922), ambientada en la Noruega medieval y, sin duda, una de las cumbres literarias del siglo XX; en la que indagó sobre el deseo, la culpa, la libertad y la responsabilidad, el amor y el matrimonio, la religión o la gracia a través de Cristina, heroína inolvidable.
Conversión al catolicismo
Undset se convirtió de su inicial agnosticismo al catolicismo en 1924 en un entorno mayoritariamente protestante y poco proclive a su vuelco de fe, ingresando incluso en la Tercera Orden de Santo Domingo en 1928, vertiente seglar de la Orden de Predicadores. Recientemente se ha anunciado la apertura de su causa de canonización. Undset escribió una bella biografía sobre Catalina de Siena (Encuentro), donde denunció que estamos a punto de perdernos por «andar incesantemente a la caza de espejismos que jamás se alcanzarán». Permítanme lanzar la sospecha de que Undset compartió preocupaciones con Etty Hillesum, Simone Weil, Rachel Bespaloff o Edith Stein, por mencionar a algunas de las pensadoras próximas a su tiempo que se propusieron reflexionar sobre los horrores de la guerra, el origen de las desigualdades sociales, la espiritualidad o la creciente soledad del ser humano en el mundo desarrollado. Y lo hicieron en su propio nombre, con denodada valentía, desde una voz propia convencida e independiente.
En 1930, ya concedido el Nobel, publicó la monumental novela La zarza ardiente (Encuentro), continuación de Gymnadenia (1929), traducida a nuestro idioma como La orquídea blanca y publicada en español en los años 60 en la mítica colección Crisol, que puede encontrarse en librerías de viejo o, con suerte, como a mí me ocurrió, de paseo por alguna feria de ocasión. Si me permiten la confesión, mi lectura de La zarza ardiente supuso un apasionado encuentro narrativo que hasta aquellas fechas, sin haber cumplido yo los 20 años, solo había alcanzado con Dostoyevski o la Ilíada. En ambas obras, Undset explora el viaje introspectivo y las plurales inquietudes existenciales y espirituales de su protagonista, Paul Selmer.
De modo similar a Weil en Echar raíces, Undset parece sugerirnos que existen valores que ninguna legislación puede producir ni ningún Estado abolir, y que deben respetarse y atenderse como algo sagrado. Esa es la zarza que sigue ardiendo —aunque no le prestamos la atención adecuada— y cuya contemplación y defensa mostró Sigrid Undset desde su militancia literaria.