El silencio de Dios
Los hombres nos podemos seguir empeñando en destrozar cruces hechas con nuestras manos, pero la cruz levantada en la historia del mundo no la destruiremos jamás. El gesto de las tropas italianas sustituyendo la cruz rota por un soldado israelí en el Líbano sirve como bálsamo para las heridas. No olvidemos que sus brazos abiertos son también el abrazo de Dios a los que mueren con Él
No abrió la boca. No protestó, no se defendió. El pueblo de Debel, al sur del Líbano, se convirtió en un nuevo Gólgota cuando un soldado israelí destrozó a martillazos un crucifijo frente a la casa de una familia cristiana, que quedó en medio de los combates del Ejército israelí contra la milicia de Hizbulá. En ese soldado se materializó la voz arrogante de la guerra, que justifica su error con la fuerza, su odio con sangre ajena, y su abuso con el golpe de un martillo. «Adivina quién te ha pegado». «¿No debería poder librarse si es quien dice ser?». Una vez más el silencio del Crucificado atraviesa el mundo. En esta cruz desgarrada hay un silencio más estruendoso que el vocerío del mal. Esa cruz es un nuevo abrazo de Dios a las víctimas de este enésimo conflicto. Para decirles que no están solas. Para devolverles la esperanza. Porque los hombres nos podemos seguir empeñando en destrozar cruces hechas con nuestras manos, pero la cruz levantada en la historia del mundo no la destruiremos jamás.

Y aquí aparecen los soldados italianos desplegados en la misión de la ONU como nuevos cirineos donando y colocando una nueva cruz en el mismo lugar donde se encontraba la anterior. Un acto de reparación al que asistió el nuncio en el Líbano, Paolo Borgia, junto a vecinos de la localidad. Pero posiblemente el gesto con más significado fue el beso que un soldado depositó con suma ternura sobre el crucifijo.
En ese cálido beso se entrelazan todas las historias que contiene la cruz. La de quienes eligen ser verdugos y la de quienes optan por la compasión. También la de los seis cascos azules de la ONU fallecidos desde el 2 de marzo en el Líbano —en la imagen, la despedida al último, Rico Pramudia—. Y la de todos nosotros que asistimos desde lejos a este nuevo calvario que se revive en las guerras en curso, y vivimos en la encrucijada de estar al lado de Jesús o darle la espalda y contribuir a seguir crucificándolo.

La acción del soldado israelí provocó una ola de indignación que alcanzó a los altos mandos de las Fuerzas de Defensa de Israel, e incluso al primer ministro, Benjamin Netanyahu. El soldado ha sido retirado del servicio y sancionado, y se asegura que su conducta es totalmente incompatible con los valores que se esperan de sus tropas. Sin duda que el respeto por los símbolos religiosos y los lugares de culto es un principio fundamental, incluso, y especialmente, en tiempos de conflicto.

El gesto de las tropas italianas sirve como bálsamo para curar heridas. Al regreso de su viaje a África, León XIV se acordó especialmente del sufrimiento que está atravesando el Líbano: «Como pastor, no puedo estar a favor de la guerra y lamento la muerte de personas inocentes en el conflicto en Oriente Próximo». Entre ellos, el Papa destacó una víctima en particular: un niño musulmán de 11 años que conoció durante su viaje a este país y que falleció en los últimos ataques israelíes contra Hizbulá. En esa infancia destrozada se encuentra también el cristo roto a mazazos. Hay muchas formas de muertes en cruz. Pero no olvidemos que sus brazos abiertos son también el abrazo de Dios a todos los que mueren con Él. Y su abrazo, trae siempre la liberación.