El grito de la tierra - Alfa y Omega

El grito de la tierra

En Acerra, León XIV fue saludando una a una a madres que le mostraban la fotografía de sus hijos fallecidos, acariciaba rictus de enfermos que no se podían mover como consecuencia de décadas de daños ambientales

Eva Fernández
León XIV durante su visita a Acerra
Foto: OSV News / Vattican Media.

En cuanto el Papa aterrizó el pasado sábado en la ciudad italiana de Acerra, un gran mural pintado por un grupo de jóvenes le dio la bienvenida. Al mirarlo, el corazón misionero de León XIV comprendió que acababa de llegar a una de las periferias en las que debe estar presente un Papa. Aquel cartel describía la realidad de la llamada «Tierra de los Fuegos» o «Triángulo de la Muerte», un área cerca de Nápoles donde durante décadas la mafia local ha sepultado y quemado residuos tóxicos, multiplicando las muertes por cáncer. El lienzo ante el que se detuvo unos instantes, dibujaba a Acerra como una pequeña isla rodeada de olas rojas: las llamas de los incendios tóxicos que envuelven y envenenan la ciudad. En el ambiente se intuía que este desplazamiento a Acerra no dejaría a nadie indiferente, y allí vimos a un Pontífice pastor cuyo principal objetivo era consolar y fortalecer a una población enferma, debilitada por promesas incumplidas y con demasiado dolor acumulado por la pérdida de seres queridos. 

Una a una fue saludando a madres que le mostraban la fotografía de sus hijos fallecidos, acariciaba rictus de enfermos que no se podían mover y sonreía a cada uno como si fuera el único al que saludaba: a uno le agarraba las manos, a otro le hacía la señal de la cruz en la frente, o bendecía una foto arrugada de su familia. Los miraba con infinito cariño y respeto. Se quedó muy impresionado cuando en el primer encuentro en la catedral escuchó de boca del obispo de Acerra, Antonio di Donna, la envergadura del drama ambiental que había envenenado la comarca. Le contó que todo empezó en 1980 cuando los ricos industriales del norte encontraron en este área del sur un lugar para deshacerse de los residuos tóxicos de sus fábricas, con la perfecta mediación de la mafia calabresa, que se enriqueció mientras controlaba que la gente permaneciera en silencio. A lo largo de unos 30 años, llegaron miles de toneladas de residuos tóxicos que aseguraron enormes beneficios al crimen organizado. Como consecuencia de esta práctica, la zona presenta una incidencia superior al promedio de tumores y malformaciones

Mostrando una profunda empatía con las familias afectadas, el Papa, en su discurso en la catedral les abrió su corazón: «He venido ante todo a recoger las lágrimas de quienes han perdido a personas queridas, asesinadas por la contaminación provocada por personas y organizaciones sin escrúpulos, que durante demasiado tiempo han podido actuar con impunidad». Después se trasladó a la plaza principal de la ciudad para un nuevo encuentro con la ciudadanía, ante la que reconoció el altísimo precio que ha pagado esta tierra, que «ha enterrado a muchos de sus hijos» y ha presenciado el sufrimiento de inocentes por las actuaciones de la mafia. Pero a pesar de todo lo ocurrido, los animó a tomar las riendas de su futuro: «El fatalismo, la queja, el echar la culpa a los demás son el caldo de cultivo de la ilegalidad y un principio de desertificación de las conciencias. Por eso quisiera deciros a todos: ¡asumamos cada uno nuestras propias responsabilidades, elijamos la justicia, sirvamos a la vida!».

En la despedida el obispo de Acerra, hizo suyas las palabras de esperanza de León XIV, reiterando con fuerza «que nunca más se hable de esta tierra solo por sus heridas, sino también por la fuerza de su gente, su laboriosidad, su historia y su cultura, por su capacidad para acoger a los migrantes y, sobre todo, por la obstinada decisión de quedarse a pesar de todo». El pasado sábado en Acerra aprendimos que la fe unida a la dignidad de una población ayuda a resistir incluso cuando todo lo demás ha fallado.