Con esta súplica esperanzada al Señor y desde lo profundo de nuestro ser, hemos celebrado la vigilia de Pentecostés el sábado 8 de junio. Reunimos 60 jóvenes de nuestros barrios de Malasiqui, Pangasinan y de la parroquia Inmaculada Concepción en San José de Nueva Écija. Jóvenes filipinos de dos diócesis vecinas con el deseo de recibir y reavivar la Gracia y los dones del dulce huésped del alma, el Espíritu Santo que nos prometió Jesús, único capaz de fortalecer, consolar, aconsejar… y renovar la tan necesitada faz de la tierra.

Quisimos vivir la misma experiencia que vivieron los discípulos de Jesús después de la Resurrección; pasar de los miedos y la incertidumbre a la alegría de que Él está vivo y nos da el don de su Espíritu que renueva y renovará la faz de nuestra propia tierra, nuestro barro con ansias de cielo, de paz, unidad y armonía.

Los jóvenes representaron lo que históricamente debió de ser ese momento según el Evangelio de san Juan. Celebramos la Eucaristía y luego actualizaron lo que para los jóvenes de hoy, en el que transcurre nuestra existencia, debe significar ese acontecimiento. Acogimos también la invitación del Papa Francisco de orar desde la iniciativa Un Minuto por la paz, y «los minutos que hagan falta», decíamos, por un mundo más fraterno.

Compartimos nuestros miedos ante el futuro, la muerte, la pérdida de los seres queridos… y, desde la Palabra de Dios, intentamos descubrir cómo está presente el Espíritu Santo en medio de estas situaciones de nuestra vida.

Al final, alrededor de un fuego grande, sentimos la presencia del Espíritu entre nosotros en el baile, la alegría y la amistad compartida. Recibimos sus dones y ministerios para ser misioneros entre nuestros amigos.

Porque si dejamos al Espíritu que habitó y acompaño a Jesús, que nos recree, guíe y sostenga, con toda certeza se irá escribiendo el Evangelio en nuestro barro, renovando la faz la tierra.

Belén Gómez Valcárcel
Misionera en Filipinas.
Servidores del Evangelio de la Misericordia de Dios