Léeme la piel - Alfa y Omega

Léeme la piel

Tatuar a las niñas católicas no era solo valiente, sino también astuto, porque el islam declaraba impuras a las mujeres tatuadas. Es estremecedor imaginarse a una abuela campesina croata del siglo XVI dibujando una cruz con una aguja ardiendo en la piel de una niña. Para salvarla

Teo Peñarroja
La croata Inka Večerina Perušić, vocalista de Lelek, en Eurovisión.
Foto: EBU / Alma Bengtsson.

Una cosa estupenda de mi trabajo es que lo mismo te encuentras editando un ensayo sobre qué significa prestar atención que recibiendo una crónica sobre la guerra de Irán; y así el viejo vicio de la curiositas puede volverse la virtud de la studiositas. Esta semana, el profesor Manuel Férez Gil —consagrado a trazar caminos entre el Cáucaso y el Mediterráneo— me envió un artículo fascinante sobre los sicanje, los tatuajes que luce en esta foto la croata Inka Večerina Perušić, vocalista de Lelek, en Eurovisión.

Eurovisión me importa un pito: creo que me quedé con aquel que hacía el maiquelyakson y el crusaíto, y el año pasado me enviaron muchos memes del espresso machiatto per favore. Así que no me había enterado de nada de la edición de 2026, incluido, por supuesto, este grupo croata que ni siquiera ganó (quedaron en el puesto número 15). Pero por su culpa me he tirado un buen rato leyendo con detenimiento la Wikipedia, la web del Museo del Sicanje (una instalación portátil en construcción) y otras delicias del antiguo internet, cuando tú decidías qué querías leer y no te lo elegían otros.

Pues bien, según explica Marijana Lovric, una brillante alumna de una universidad de Zagreb, estos misteriosos tatuajes se remontan al menos al siglo XV, cuando los otomanos conquistaron Bosnia Herzegovina. Tenían los otomanos la cuestionable costumbre de secuestrar a niñas cristianas bosnias y croatas para sus harenes, y de llevarse a los niños pequeños para instruirlos en el islam y convertirlos en temibles jenízaros. La sabiduría humana y muy sobrenatural de aquel pueblo campesino los llevó a empezar a tatuar en lugares muy visibles (los brazos, las manos, la cara) a las niñas católicas. Las marcaban con el signo de la cruz y con otros motivos folclóricos.

El gesto no era solo valiente, porque desafiaba de cara a los poderes de este mundo; sino también muy astuto, porque el islam declaraba impuras a las mujeres tatuadas, lo que, en principio, las incapacitaba para el matrimonio, aunque fuera forzoso. Es estremecedor imaginarse a una abuela campesina croata del siglo XVI dibujando una cruz con una aguja ardiendo en la piel de una niña. Para salvarla.

La tradición cayó en desuso durante la época comunista y hoy por hoy solo se ven algunos antebrazos arrugados y marcados con tinta. Pero, por lo visto, reverdece la tradición. Jóvenes tatuadores y artistas están recuperando estos motivos de identidad nacional y, también, católica. Lelek parece ser el ejemplo más mediático, que ha despertado alguna polémica. Ellas no han dado grandes explicaciones: su piel lo dice todo.