La alegría de Francisco
El que conoce de cerca la pobreza, como la conocía el Papa, no es un ingenuo. El que ha experimentado el dolor es el que mejor entiende lo esforzada que resulta una alegría madura. En ese sentido, la virtud de Francisco fue heroica
Me ha impresionado, en la web de la Santa Sede, la página sobre el papa Francisco. No tiene nada muy especial. Una brevísima ficha biográfica (Francisco, 266º papa de la Iglesia católica, nombre secular, inicio y fin del pontificado), la imagen del medallón que lo retrata en la cornisa de san Pablo Extramuros y un desplegable que enlaza todos sus documentos, de las audiencias a las bulas o las homilías. Quiero decir que no es una web que debería impresionarme. Lo chocante es hasta qué punto Francisco es ya historia del mundo.
¿Cómo se calibra el peso de una vida? Y si esa vida es la del sucesor de Pedro —alguien que ha llevado sobre sus hombros todo el peso de la Iglesia—, ¿es posible tantear su poso en la historia? ¿Qué queda de su paso? De entre las muchas cosas que se pueden decir y de las que no podemos ni imaginarnos, hay una que siempre me llamó la atención del santo padre Francisco: su insistencia en la alegría. Despliego la página de las exhortaciones apostólicas. Gaudium. Laetitia. Gaudete. Exultate. En cierto modo, tenía sentido que se marchara a casa en plena Pascua.
Esta foto se tomó el día anterior a su marcha al Cielo, y veo en ella esa alegría que no se rinde ante el dolor ni a la enfermedad, que conoce también lo difícil y lo abraza. Y el cariño por los niños, que siempre han sido, como los pobres, los preferidos de Dios. Y de Francisco. Es paradójico. El que conoce de cerca la pobreza, como la conocía el papa, no es un ingenuo. El que ha experimentado el dolor es el que mejor entiende lo esforzada que resulta una alegría madura, una virtud. Vemos en los niños una alegría inocente y entendemos que ese es el estado al que se nos llama —si no os hacéis como niños…—, pero hacerse niño es una exigencia profundamente viril. En ese sentido, la virtud de Francisco fue heroica. Y el cariño con el que mira a esta niña, a pesar de la enfermedad que unas horas después haría colapsar su organismo, lo señala de forma inequívoca.
Por eso insistió tanto en la alegría. Quizá fue un hombre que llorara mucho en privado. Creo que los hombres más felices son así, gente que tiene el lápiz mordido por el lado que no escribe, como ha dicho Máiquez. Hubiera congeniado Francisco con Míster Blue, el protagonista de una novelilla ya casi centenaria del escritor católico Myles Connolly: un hombre atribulado que, sin embargo, ha hecho de la alegría y de la pobreza el corazón de su vida. Es, quizás, poca cosa para la Historia. Pero puede serlo todo en una vida. En la de Francisco, pero también la nuestra de aquí y de ahora. En el primer aniversario de su paso a la Vida no está nada mal recordarnos ese legado minúsculo que, bien mirado, es inmenso.