Mis 200 perros - Alfa y Omega

Esta noche es muy especial para ti. Has decidido olvidarte de ese dolor tan profundo que te produce la enfermedad, y que describes como si se lanzaran a tu estómago 200 perros rabiosos. Hoy has vuelto a coger tus pinturas de guerra, te has maquillado hasta las pestañas, te has enfundado ese precioso traje negro de fiesta y tus tacones de 15 centímetros. Allí estabas tú; por nada en el mundo te ibas a perder esta noche la fiesta de los premios GRADA, la fiesta de la integración de Extremadura, organizada por esa persona que admiro y amo tanto desde que nací, que tiene una fuerza incansable para luchar por todo lo que se propone, siempre con esa sonrisa y tenacidad que contagia.

Apenas pudiste aguantar una hora. La jauría que no te abandona empezó a atacar y hacer presa en tu estómago para recordarte una vez más lo que peor estas llevando: que no puedes hacer lo que hacías con normalidad hace unos meses. Ahora es la jauría la que quiere marcar el ritmo de tu vida. Aquella noche, además de goteros, hubo risas, bromas, la cara de resignación de tu hija y más de un piropo de las personas con las que te encontrabas; porque el dolor no te iba a impedir lucir tu traje y caminar con la elegancia que marcaban aquellos taconazos.

Me dijiste: «Hoy nuestro amigo Jesús tampoco ha querido que le dejara solo en el huerto de los Olivos; otra noche que hemos pasado juntos diciéndole al Padre que pase de nosotros este cáliz, pero que si es para mayor gloria suya, que se cumpla su voluntad y no la nuestra.  Otra noche toledana donde el dolor que me supera y que me impide vivir no ha querido abandonarme pero, al menos, me ha dejado estar un rato con esa maravillosa familia a la que cada día quiero más, y disfrutar de esta persona tan especial que, desde su silla de ruedas, transporta un enorme corazón cargado con tanta energía y alegría. Con dos como él bastarían para hacer un mundo más humano, donde todas las personas puedan tener el sitio que les corresponde por ser personas, y no el que les negamos con adjetivos descalificativos: primero fueron subnormales, luego minusválidos y ahora discapacitados. Cuando serán aceptados por ser lo que son, hijos del Padre Dios».

Manuel Lagar
Capellán del hospital de Mérida