Niños que palian el dolor - Alfa y Omega

Cuando entre en la sacristía para celebrar mi segunda Misa dominical la encontré, como cada domingo, llena de madres que vestían a sus hijos para ser monaguillos. A uno de aquellos niños lo conocí hace años a través del móvil de Enrique, su abuelo.

Enrique estaba en la última fase de su enfermedad. Recuerdo que incorporarse en la cama o ir andando al servicio eran como tener que alcanzar la cumbre más alta de una montaña. Para aliviar esta enorme lucha por mantenerse vivo no faltaban al lado de su cama su mujer o sus hijos, siempre prestos a cualquier ayuda que pudiera demandar.

Aquella noche recibió un vídeo de su nieto jugando con los regalos de su cumpleaños. No paraba de verlo una y otra vez, riéndose, mostrándomelo y elogiando a aquel niño que, más de una vez, me había dicho que era uno de los motivos más importante para vivir.

Aquel vídeo me hizo pensar que había que hacer algo para que Enrique tuviera la visita de su nieto. Mereció la pena poder contar con la complicidad de los enfermeros, la supervisora de la planta de neumología y la familia. Aquella media hora fue de risas, besos, abrazos y juegos entre abuelo y nieto. Si el oxígeno entraba por su nariz llevando aire a sus marchitos pulmones, el corazón de Enrique se había inflamado con el amor y la ternura de aquel pequeño. Seguro que aquella noche su oración sería la misma que la del anciano Simeón en el templo de Jerusalén, cuando tomó al niño Jesús en sus brazos: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz».

Tras terminar la Misa le pregunté a la madre si el niño recordaba aquel día, y si le había causado algún trauma. Pero me contó que todo lo contrario: «Se acuerda con mucha alegría del abuelo; tiene la foto que se hicieron aquel día en su mesilla y le sirve para rezar por él cada noche».

Ojala algún día los niños formen parte de los cuidados paliativos, pues son los que mejor suavizan los dolores del alma y del corazón de las personas que sufren. Ya lo dijo Jesús: «Dejad que los niños se acerquen a mí».

Manuel Lagar
Capellán del hospital de Mérida