Somos una familia - Alfa y Omega

Como cada día, mi estancia en el hospital comienza en la capilla. No se puede hablar de Jesús si antes no hablas con Él. En el ambón seguía colgado el cartel del Día de la Iglesia Diocesana: Somos una gran familia contigo. Mi oración va por estos derroteros hasta que toca recoger a Jesús del Sagrario y ponerlo en el lugar en el que le gusta estar: en los cuerpos y almas de sus hermanos más pequeños, que sufren a causa de la enfermedad.

Después de llamar a la puerta doy los buenos días. Juan, mientras sostiene la cabeza de Lola, su mujer, que está bebiendo, responde. Puedo apreciar que la enfermedad sigue avanzando y el cuerpo de Lola sigue deteriorándose pero, aún así, no ha perdido su hermosa sonrisa, y su rostro desprende una gran paz; debe ser parecida a la paz que recibían los apóstoles en las apariciones de Cristo resucitado.

Juan le dice al oído y en voz alta: «Lola, ha llegado el sacerdote a traerte la Comunión, ¿quieres recibirla?». Lola responde: «Sí, ya sé que es el sacerdote y que me trae a Jesús. Pues claro que quiero recibirlo, como cada día».

Ambos se santiguan, rezamos el padrenuestro y le doy un trocito de la Eucaristía. Su sonrisa se vuelve un rayo de luz y se queda un momento en silencio con Dios dentro, interiorizando este gran milagro, en el que su cuerpo frágil y enfermo es llenado por el Cuerpo de Dios. Como dijo san Pablo, Dios toma la debilidad humana para transformarla en fuerza de Dios.

Después de darle la bendición, cuando me dispongo a irme, Lola me dice: «Eres mi familia». Sonrío y le doy las gracias. Mientras, ella mira a Juan y le dice: «Es como si le conociéramos, como si siempre hubiera estado con nosotros».

Se me hace un nudo en la garganta y recuerdo el cartel de mi oración matinal pero, sobre todo, no puedo evitar oír las palabras de Jesús a sus discípulos: «Quien deja padre, madre, esposa e hijos por mí y por el Evangelio recibirá 100 veces más». Le doy las gracias por el amor que me ha transmitido y le digo: «Por favor, acuérdate de mí cuando reces». Dedicándome la más bonita de sus sonrisas, dice: «Sí, nuestro Padre Dios».

Manuel Lagar
Capellán del hospital de Mérida