Duelo en soledad - Alfa y Omega

A las cinco de la tarde recibí la llamada del encargado del cementerio: «Ya ha llegado la fallecida de Madrid». Al llegar, además del encargado, en la puerta estaba el municipal, para que nadie pudiera entrar; el albañil que tapó el nicho; dos operarios de la funeraria que colocaron a Simona en un carro de hierro para trasladarla hasta el lugar de su enterramiento; su hija, llorando y abrazada a su esposo, y un hijo de ambos.

Simona regresó a su pueblo, el lugar que la vio nacer, para encontrarse con sus orígenes y descansar junto a sus padres. Fue una de las muchas personas que en los años 70 tuvieron que abandonarlo al cerrar la azucarera. Pero esto no había impedido que ella amara sus raíces y que, después de 50 años, deseara volver para descansar junto a los suyos.

La hija de Simona repetía: «Mamá, qué solita te ves, con las ganas que tenías de que te enterrásemos en tu pueblo y lo mucho que te querían tus vecinos y parientes. Y hoy no ha podido venir ninguno. Ni siquiera tus otros hijos».

El maldito COVID-19 no solo había matado a su madre, sino que se había llevado lo que más necesita una persona en esos momentos de dolor por la pérdida de un ser querido: los abrazos, el consuelo y la compañía de los que forman parte de tu historia vital. Estaba muerta su madre, y estaba muerto el pueblo que la vio nacer, el pueblo que había llevado en su corazón los 85 años de su vida, al que no había olvidado ninguno de los 50 años que llevaba fuera. Ni siquiera la iglesia en la que se bautizó y se casó abrió sus puertas para darle su último adiós, ni su Virgen de la Caridad presidía su funeral. Era la puerta de un cementerio vacío con seis extraños y tres familiares los que estaban cumpliendo con su voluntad más sagrada como persona: elegir el lugar apropiado donde esperar hasta la eternidad.

Al final solo pude decir: «Os acompaño el sentimiento en mi nombre y en el de la comunidad que represento», aunque en el fondo pensaba en lo difícil que era esta dramática situación. Tener que enterrar sola a tu madre, sin tener siquiera la certeza de que su cuerpo era el que estaba en esa caja.

Manuel Lagar
Capellán del hospital de Mérida