La esfera y la cruz - Alfa y Omega

Michael Jordan llevaba los pantalones cortos de entrenamiento de la Universidad de Carolina del Norte debajo del uniforme de los Chicago Bulls. Tiger Woods vestía camisa roja los domingos de torneo. Rafa Nadal colocaba las botellas en una línea perfecta y seguía liturgias cada vez más barrocas antes de sacar.

Todos los deportistas tienen esa relación temerosa con la suerte. A base de ritos y costumbres, tratan de controlar un destino que parece escapar de sus manos. Levantan templos a la diosa fortuna con la ilusión de apagar su sed y ganar sus favores. ¿Pertenece a ese mismo espacio del alma humana la fe que dicen profesar algunos de los miembros de la selección española? ¿Acaso no se han santiguado la mitad de los jugadores de la historia al entrar al campo con el pie derecho?

«Tengo la cruz y una Virgen. Al final creo que es algo que me da mucho apoyo y para mí es muy importante. —declaró Ferrán Torres antes de la final— El destino está escrito. Gracias a Dios que me da esas fuerzas para seguir». Rodri, el mejor jugador del Mundial, al acabar el partido dijo que le «gustaría que las nuevas generaciones se vean reflejadas, que vean que cuando uno tiene un mal momento se puede levantar. Al final, yo soy muy cristiano, creo que hay Alguien ahí arriba ayudándome, seguro». «Sé que Dios tiene un plan para mí», dijo Nico Williams.

Más conocidas, y también más ponderadas, son las declaraciones del seleccionador nacional: «Rezo todos los días, pero no porque estoy en un mundial ni pretendo sacar un resultado». Aunque todo se vuelve pegajoso cuando intenta separar su fe de los distintos cultos deportivos generalizados: «No es superstición. Eso es fe. Es verdad que me gusta mucho el número 13 porque me han pasado cosas muy bonitas con el número 13 pero lo mío no es superstición». Entre el número 13 y la cruz parece haber una tensión que Luis de la Fuente trata de controlar. ¿Es fe o es superstición? El seleccionador insiste en separar los dos mundos.

Pero a ojos de nuestro mundo, todas estas expresiones aparecen como formas diferentes de una misma reacción psicológica. Aunque los deportistas creyentes se sientan diferentes y consideren que sus creencias son distintas a los rituales del resto.

Lo cierto es que, aunque no sean equivalentes, en la vida del deportista fe y superstición tratan de cumplir la misma función. Las palabras de Rodri a sus compañeros apuntaban en esa dirección: los deseos de ganar debían ser mayores que el miedo a perder. El futbol parece algo completamente físico, pero Rodri hablaba como si el partido dependiese completamente de un equilibrio espiritual. Como si el fútbol no fuese más que una balanza suspendida en el aire, con el vértigo a un lado y la ambición al otro.  Como si lo corporal se diese por descontado.

El atleta anda siempre a vueltas con sus límites, tratando de trascenderlos. Entre los mejores es tal el grado de superación que por momentos parece que todo dependa de su propia libertad, que domeña el cuerpo a placer. Que lo pueden todo, que son dueños de su sino. Sin embargo, precisamente en esos espacios de aparente libertad, surge de repente lo que a todas luces aparenta ser pura fatalidad: las lesiones que se encadenan, los fallos que se suceden hasta convertirse en malas rachas, las equivocaciones que provienen de los propios demonios que vivían agazapados en los puntos ciegos del alma. Siempre parece haber algo que supera la preparación más perfecta, salvo en unos pocos afortunados.

Entonces comienzan las liturgias. Si las fuerzas de la naturaleza se someten al control del atleta a base de disciplina y ejercicio de la voluntad, las desventuras solo puede ser el resultado de una fuerza sobrenatural que supera el libre albedrío; por lo que solo se las puede combatir invocando energías igual de sobrehumanas. Ritos, rezos y todo tipo de creencias pasan a ocupar ese espacio en el que la naturaleza y la voluntad ya nada pueden. Ahí ya solo la gracia o el azar tienen poder para sostenernos. Misterioso es el destino del hombre libre: quien no puede confiarse a Dios debe buscar la fortuna entre las tinieblas.

Claro que nosotros nos reímos de cualquier creencia desde el sillón de casa. Nos hace gracia verlos repetir gestos y oraciones, como si el fútbol no fuese más que un juego. Después de todo, en el deporte o en la vida, apagamos entre risas y cervezas nuestras desgracias. Aburguesados, nos conformamos cínicamente con nuestros límites. Pero quien se atreve a desafiar los confines de la naturaleza humana y aspirar a lo más alto sabe que pisa terreno sagrado.