La necesidad de haber vivido - Alfa y Omega

Elena tiene los ojos dormilones de su madre y la calma de su padre. Pero en ella no es todo genética. Hay algo más, infinitamente mayor que sus padres. Mientras nos comíamos una hamburguesa con patatas, me contaron que la niña tuvo que aprender un poema de memoria para clase. No contenta con la tarea, en lugar de aprenderse uno ya hecho decidió escribirlo ella, memorizarlo y recitarlo delante de todos. Tampoco era el primero que escribía; ni será el último.

Cuando acabaron la historia, me lancé a preguntarle a Elena por lo que le había movido a escribir aquellos versos. En mi vanidad, esperaba de ella alguna respuesta elaborada que afinase con los primeros versos de mi adolescencia. Ella, tras morder su última patata, me dijo que escribió aquel poema porque tenía hambre y se aburría.

La respuesta me arrancó una buena carcajada. Me había ganado la partida. Con 9 años nadie escribe poesía movido por una gran idea. Pero tampoco a mi edad, ni a ninguna otra. Se escribe siempre por aburrimiento y hambre. Se versa para dar un cierto sentido al mundo y alimentarnos de él. Todo lo demás es estúpido lirismo. El juntaletras que no escribe movido por la necesidad de vivir, ni llegará a ser poeta, ni podrá decirse nunca que ha vivido.

No en vano, Paco Esteban Garcés ha titulado La necesidad de haber vivido (Talón de Aquiles, 2025) a su primer poemario. No ha vivido de escribir, pero ha vivido escribiendo. Comenzó de cartero en su pueblo (como me hizo notar con el bonito embalaje del ejemplar que me envió). Mientras entregaba cartas de casa en casa estudió Historia y Geografía, para dedicarse después a la enseñanza por aquí y por allá. Pero hiciera lo que hiciera no dejaba de escribir lo que nunca pensó en publicar. Con todo, ha reunido los textos «que andaban dispersos por los cajones» y le ha parecido «que había coherencia en el material y, por lo tanto, un libro».

La sencillez de su explicación puede dar una falsa sensación de disgregación. Nada más lejos. Un mismo hilo de letras parece haber entretejido todos los pedazos de su vida. Sin sobreesfuerzos. Sin una gran idea. Paco es un hombre que escribía mientras vivía. Con el lenguaje se expresaba, y «a la vez moldea ese pensamiento». Así, podía «convertir en algo terapéutico, sanador, lo que es solo materia». La materia de su vida.

Pero el lenguaje es solo el medio, el cauce de lo que realmente ha hilvanado todo lo que ha vivido. Hay algo que corre por ese sendero de letras y que trasciende todas sus vivencias. Es cierto, es una trascendencia «de aquí», incapaz de traspasar la Tierra y trascenderla, «salvando la paradoja»; esto es, sin poder deshacerse de ella. Porque cuanto más de este mundo son sus poemas, tanto más rezuma en ellos lo que «siempre queda en lo alto / aún más arriba / un cielo al fin lejano e imposible».

Esta trascendencia de andar por este mundo, vulnerable pero apasionada, es el amor. El amor que no fue, hecho de «cenizas» y «naufragios», que sin embargo parecen haber cumplido una función y haber dejado poso en su memoria. Se le antojan como «años perdidos». «Sueños, caminos de romero».

Sin embargo, nada se pierde. Todo parece unido en una suerte de descenso, un «caer / sin ritmo / infatigable». Los días «caen gota a gota —es una pena de muerte / y de desesperanza— / encima / de mi corazón / perdido / en el bosque del pasado». Tiene «desesperanzado hasta el bolígrafo»: «Mi oración es muda»; «amor sin palabras».

Justo donde el amor parece impotente para fraguar su historia, esa desesperación no deja de ser un modo de expectación: con todo, «tu vida va siendo un algo, / entre silencio y silencio / de incertidumbre, de muerte / de pena, de amor, de miedo». Es una exasperación que sin embargo espera lo que ha sido imposible en este mundo: «Me presentaré a ti destrozado, roto en pedazos, viejo / y con el alma carcomida por el tiempo, […] Solo me queda, Dios, una esperanza, / que tú eres artesano y sabrás reparar los corazones rotos».

Entonces, de la nada, lo imposible se vuelve cotidiano en la segunda parte del libro, donde se narra el «amor que vivimos (entonces y hoy)». Alguien le está sucediendo, alguien con quien trascender todos los instantes al esperarlo todo de ellos: «Unidos en un canto de esperanza, soñar que caminamos en abrazo y todo el tiempo es nuestro, tuyo y mío».

Nada parece poder vencer al poeta. «Cortemos esa trama que nos une a la desilusión de cada día efímero y, audaces, amémonos sin miedo»; «nada puede la muerte ante nosotros». Parece todo una gran osadía, una insensatez estúpida de quien se ha enamorado. Una desnudez «sin conciencia del tiempo y del mañana». Cuando nada impide que, súbitamente, un discorde acento arruine la música que parecía componerlo todo.

Sin embargo, este impulso no es irracional. Parece que la lógica del amor se corresponde con todo y vuelve todo sensato: «Emanas de los ríos de la vida / hacia la vida misma aquí infinita […] Te canta por mi voz y mi palabra la vida toda». Alguien ha puesto nombre a todos sus silencios: «Solo tu presencia eleva mi mirada hacia la vida»; «todo el amor del mundo que recibo / es el amor que viene de tu parte». Parece que con ella se ha hecho con la vida y ha sido posible haber vivido: «Somos al fin la vida enteramente».

Parece que todo estaba destinado a acabar ahí. Que esta era la trascendencia esperada, sin caminos más allá de este mundo: «Sin más aspiraciones al final / que vivir nuestra vida /[…] Qué más puedo pedir, / si el estar juntos / ha sido lo mejor que me ha pasado».

Con todo, hay algo más que se revela precisamente en lo que trata de callar. Una pena recorre sus últimas palabras felices. Una forzada resignación que canta a la muerte, como provocándole con su ritmo: «No hay más, […] terminaré / perdido, desencontrado, / por el inevitable poso del olvido». Como si lo vivido pudiese ser todavía un canto que busca ser oído.