Lo peor para un profesor no es explicar a los autores que considera sus contrincantes. Al contrario, al exponer sus ideas el profesor hincha sus virtudes y potencia sus fortalezas; aunque solo sea para levantar bien alto al gran enemigo y preparar así el precipicio de su caída. Si además esta victoria se produce con la propia crítica del profesor, ganará alguna atención entre sus alumnos. La vanidad, en no pocas ocasiones, es un anverso útil de la docencia.
El verdadero problema lo tiene el profesor con aquellos autores que desprecia. Especialmente con los que considera cursis. Es terrible tener que replicar sus melindres y ñoñerías. Se siente uno inútilmente empalagoso. No le sirve para lucir grandes destrezas frente a los alumnos, ni las críticas provocan ninguna emoción.
Esto me ha ocurrido cuando me ha tocado explicar a John Rawls y su teoría de la justicia. En particular, cuando explico su intento de mejorar dicha teoría con su concepto de consenso traslapado. Sí, oiga, traslapado. Es terrible, lo sé. Pero no me mire a mí. En inglés dice Rawls overlapping, lo cual dudo que sea menos remilgado. Imagínese usted teniendo que usar esa absurda palabra durante una hora sin tropiezos linguales y con la absoluta certeza de estar diciendo una solemne memez.
Con todo, algunas astucias resultonas de Rawls llegan a encandilar a los alumnos más cándidos. Una de ellas es la idea del velo de la ignorancia. ¡No me digan que en cada nombre no cuida esa esforzada afectación! Según este jurista americano, podríamos ponernos todos de acuerdo si al pactar desconociésemos nuestros intereses concretos actuales, nuestra ideología y nuestra situación económica. Con toda situación empírica velada (ay), todos acordaríamos, primero, un derecho al máximo de libertad de cada uno y, segundo, un cierto grado de redistribución.
Como ninguno habríamos sabido a la hora de pactar si íbamos a ser ricos o pobres, ni qué íbamos a pensar en tal caso, todos nos habríamos imaginado la posibilidad de estar en cualquiera de las dos circunstancias. De tal modo que habríamos buscado el máximo de libertad por si llegásemos a ser ricos y un mínimo de redistribución por si acabábamos siendo pobres. Sin necesidad de ser más generosos, más buenos, más justos, el puro egoísmo se habría transformado por arte de magia en una suerte de empatía. Con la misma ceguera que nos ocultaba nuestras circunstancias, habríamos asumido el bien de otros sin darnos cuenta, pensando solo en nosotros mismos.
¿Acaso no consiste en eso nuestra Constitución española, como extraordinaria máquina de coordinación social de todos nuestros derechos individuales? ¿No es España un país libre y redistributivo para que todos podamos ser mesuradamente egoístas y mágicamente altruistas? Para eso pagamos impuestos.
Mientras estos días explicaba estas cosas nos inundaban las imágenes de los juicios de Ábalos, Koldo, Aldama y, en paralelo, el caso Kitchen, en el que se regurgitaba la corrupción del otro lado del hemiciclo en torno a Bárcenas. A última hora se ha sumado también el juicio en torno al 3 % en la familia Pujol, del que fue exonerado el político Jordi Pujol por su estado mental a los 95 años.
No sé si por el tono melifluo de las declaraciones de Ábalos, pero se me ha hecho imposible no juntar a Rawls con todos estos jaleos judiciales. Era inevitable imaginar que al quitarnos el velo de la ignorancia de Rawls y destapar nuestros ojos nos hemos encontrado a todos los políticos con sus manos en nuestros bolsillos. Con qué facilidad llenaban sus arcas personales aquellos que debían conducir el magnífico sistema de Rawls.
Pero extrañarse de este resultado es haber caído ya en la tierna trampa de este jurista americano. Pues nos hemos creído que el sistema debía automáticamente sacarnos del fangoso descenso de nuestros egoísmos. Que nuestras constituciones debían actuar como el brazo de Münchhausen, que al tirar de su propia coleta se sacaba a sí mismo de las arenas movedizas. Como si las leyes que nos hemos dado fueran el automatismo capaz de librarnos de nuestros excesos de inmoralidad.
Con ello no quiero decir que tengamos a los políticos que nos merecemos ni que la clase que nos gobierna sea un puro reflejo de la sociedad. Tampoco creo que sea demasiado útil insistir en la evidente inevitabilidad de la corrupción humana, como hace quien con ternura infatigable brinda al sol su supuesta lucha contra la corrupción.
Lo que quiero decir es que nuestro sistema promueve lo contrario de lo que dice buscar. Una organización centrada en promocionar nuestros egoísmos tiende necesariamente a la degeneración social. Allí donde la libertad consista tan solo en buscar el propio beneficio, la virtud social estará sujeta constantemente a una perpetua corrosión. Lo que explica la creciente desafección política, de la mano de una creciente politización atomizante; el descenso de los servidores públicos y el aumento del funcionariado; el decrecimiento preocupante de los cotizantes y crecimiento de los gorrones. Todo ello con independencia de la nacionalidad.
La situación no mejorará por mucho cambio político que intentemos, mientras no sentemos las bases sociales necesarias para la virtud. No habrá justicia social ni virtud política donde nuestros vínculos no lleguen a ser más valiosos que nuestros intereses. Nada cambiará mientras nos tapemos los ojos ante nuestro propio egoísmo.