Unos de los nuestros - Alfa y Omega

Unos de los nuestros

No es incompatible ser una estrella del fútbol y ser una buena persona, defiende una y otra vez el seleccionador cuando habla de la calidad humana y la generosidad de cada uno de los miembros de ese equipo, cuyas biografías están llenas de sacrificio, constancia y superación

Sandra Várez
Foto: EFE / Ángel Colmenares.

Hay algo especial en esta imagen que va más allá de lo estrictamente deportivo. Lo dijo muy bien Su Majestad el rey el pasado lunes al recibir a los 26 jugadores y a todo el equipo de técnicos y profesionales que conforman la selección española tras ganar la segunda Copa del Mundo de nuestra historia deportiva: «Cuando juega esa selección jugamos todos. Ahora, cuando habéis ganado, lo habéis hecho para toda España». Y así ha sido. En cada lágrima, en cada cántico, en cada sonrisa, en cada grito de emoción de los protagonistas estábamos y estamos todos.

Los que tuvimos la suerte de vivir esto mismo 16 años atrás, hemos experimentado esa misma sensación casi narcótica de encontrarnos de pronto en un país paralizado e inusualmente unido —a pesar de los intentos de boicot de algunos— para ver pelear hasta el último aliento al equipo que nos ha llevado a la victoria.

Para los poco doctos en fútbol, como la que escribe, el recuerdo que quedará de este día no será probablemente el del pase previo que propició el gol; ni el de la audacia y maestría en el juego de los nuestros; ni el de los goles anulados, ni el de los otros tantos tiros a puerta; ni el de la técnica, ni el del aguante en la defensa hasta el final; ni siquiera el de esa actitud continuamente desagradable y provocadora del rival para romper los límites del reglamento. 

Probablemente olvidaremos también que España culminó el Mundial con un hito sin precedentes: tan solo un gol en contra en todo el torneo, frente a los 14 a favor. Es posible que nuestra memoria difumine muchas cosas. Pero lo que, a buen seguro, mantendremos vivo será aquello que nos ha vuelto de aquella primera vez: la persona con la que lo compartimos; el número de la agenda al que llamamos primero; a quién nos abrazamos; con quién vivimos la ilusión y el orgullo por unos colores que se han portado con dignidad, elegancia, talento y humildad. 

Porque si hay algo que además de maestría deportiva ha encarnado el equipo de los 26 de Luis de la Fuente, es esa escuela de valores para niños, jóvenes y mayores. No es incompatible ser una estrella del fútbol y ser una buena persona, defiende una y otra vez el seleccionador cuando habla de la calidad humana y la generosidad de cada uno de los miembros de ese equipo, cuyas biografías, algunas muy cortas, están llenas de trabajo, sacrificio, constancia y superación ante las dificultades. Como la del chaval que se quedaba dormido en el coche de su madre, mientras esta limpiaba los vestuarios del estadio donde entrenaba de niño; la del nieto de ese abuelo tenaz y entregado que lo hizo posible; la del padre que celebra cada pequeño logro de su hijo con autismo como la mayor de las victorias; la del joven al que los éxitos deportivos no han evitado la fragilidad, la debilidad ni la quiebra; la del que no olvida a quien arriesgó su vida cruzando el desierto para dotar la suya de oportunidades. Ninguno de ellos, sin el otro, podría haber hecho el conjunto.

Por eso esta copa es mucho más. Es una obra colectiva de todos y para todos que dice mucho de lo que es también España cuando se une por un objetivo común. Esos 26 somos también nosotros.