Hay que hablar del tiempo, y mucho - Alfa y Omega

Hay que hablar del tiempo, y mucho

Más de 1.300 personas han fallecido en toda Europa, según la OMS. El 85 % son mayores de 65 años y han aumentado casi en un 40 % las muertes en domicilios en las urbes, especialmente de personas que vivían solas y sin condiciones de climatización adecuadas

Sandra Várez
Personas nadan en el Canal Saint-Martin después de que se permitiera el baño público en ciertas zonas debido a las altas temperaturas durante una ola de calor en París, Francia, el 26 de junio de 2026.
Foto: Reuters / Tom Nicholson.

Vive el centro de Europa una imagen poco usual en estos primeros días del verano: la de la Torre Eiffel convertida en el escenario de una piscina improvisada; bañistas dentro de las fuentes del centro de París; o la gente lanzándose de cabeza a los canales del río Sena. Sin embargo, esta es la escena más amable del calor extremo que azota Europa. La más dramática son los cientos de muertos que, en tan solo unas semanas, se han cobrado las temperaturas extremas: más de 1.300 personas han fallecido en toda Europa por causas relacionadas con este fenómeno, según la Organización Mundial de la Salud. El 85 % son mayores de 65 años y han aumentado casi en un 40 % las muertes en domicilios en las urbes, especialmente de personas que vivían solas, en pisos pequeños y sin las condiciones de climatización adecuadas.

Aunque en 2003 se vivió en Francia un período similar, esta ola de calor extremo está demostrando muy especialmente la falta de adaptación a unas excepcionalidades que hace tiempo dejaron de serlo; y que, como ya viene advirtiendo la comunidad científica, no tienen vuelta atrás. Ni los sistemas de trasporte, ni las aulas, ni los centros sanitarios, ni las viviendas están preparadas para unas temperaturas que han tenido estos días a algunas regiones de Centroeuropa en máximas de 41 ºC o 42 ºC; y en mínimas de 27 ºC por la noche. La OMS estima que 150 millones de personas viven bajo un calor extremo en un continente que se calienta a un ritmo dos veces superior a la media mundial. 

Seguramente haya quien caiga en el escepticismo, la pereza o la incredulidad cuando se habla del clima. «Ya están estos»; «pero ¡qué se han creído estos!», decía hace días un científico en un coloquio sobre divulgación en la Fundación Pablo VI, reproduciendo las expresiones de aquellos que le atacan de manera irónica y, en no pocas ocasiones, agresiva cada vez que aporta datos y advertencias sobre los riesgos a los que nos enfrentamos. 

Porque, en esta era de la emocionalidad y la autoafirmación hasta el dato científico es motivo de gresca. Es fácil, además, caer en la caricatura cuando tiktokear con el tiempo y cómo combatirlo sirve como recurso de distracción. O cuando se repiten recomendaciones obvias que ya aplicaban nuestras abuelas en los tórridos veranos en el pueblo sin los sofisticados aparatos de ventilación, que hoy enchufamos a tope y que se apañe el que no pueda.

Pero la situación incierta en la que se adentra Europa exige hablar del tiempo, y mucho, pensando sobre todo en aquellos para los que la adaptación es un lujo. Prevenir y mitigar pasa por los más vulnerables de hoy y del mañana.