El cónclave y la comunión
Ante esa primera visión de su rostro emocionado en el balcón, pensé en lo grande e insondable que es la Iglesia, cuyo destino trasciende intereses, cálculos o ambiciones terrenales. El nuevo Papa superaba la mayoría de las quinielas; y, con sus primeras palabras, nos confirmaba en la esperanza de que el Espíritu Santo sabe siempre más
Hace un año, el grupo de periodistas dedicados a eso que en los medios generalistas ocupa normalmente un lugar casi marginal o, cuando no, sensacionalista, se convirtieron en los analistas más buscados del espacio informativo. Los números de teléfono saltaban de una redacción a otra. Los nombres de todos entraron en una coctelera de la que iban saliendo para salpicar cada hora de información y tertulia. En los días sucesivos a la muerte del Papa Francisco, era habitual que gente hasta ahora desconocida en determinados programas, apareciera al otro lado de la pantalla a golpe de zapeo. Caras jóvenes, nuevas, acompañando a aquellas más veteranas para ayudar a interpretar el gran momento que estaba viviendo la Iglesia: la elección del sucesor número 266 de Pedro.
Mientras el mundo seguía el minuto a minuto de este magno acontecimiento, el periodismo religioso estaba haciendo, en parte también, historia. Más allá del colorido, de la anécdota o del tópico, se buscaba a profesionales, pero también a hombres y mujeres de fe que pudieran descifrar aquello que hace de la Iglesia la institución más longeva y sólida del mundo.
Eran las 18:07 horas del jueves, 8 de mayo, cuando la famosa chimenea anunciaba, con la fumata blanca, el momento de la elección del nuevo Papa. Aquel momento me pilló, en particular y providencialmente, en medio de un directo que se suspendió de manera programada para dar paso a los especiales informativos. Recuerdo aquel intervalo de tiempo, desde que la pantalla nos arrojó la imagen del humo blanco hasta el anuncio del nuevo Papa, como uno de los más emocionantes de mi vida. Las llamadas de teléfono, las carreras por las redacciones y los abrazos efusivos precedieron a ese momento en el que tuvimos la fortuna de poder comentar en directo la imagen que millones de personas en todo el mundo aguardaban. A las 19.14 horas, se abría la logia del Aula de las Bendiciones, en la basílica de San Pedro, con la proclamación del «habemus Papam!». Y, mientras sonaban las campanas de júbilo, se anunciaba que el «señor Robert Francis cardenal de la Santa Iglesia Romana Prevost» era el nuevo Pontífice, que adoptaba el nombre de León XIV; el mismo del Papa que a finales del siglo XIX impulsó la doctrina social de la Iglesia para iluminar los desafíos de aquel cambio de época.
Ante esa primera visión de su rostro emocionado en el balcón, pensé en lo grande e insondable que es la Iglesia, cuyo destino trasciende los intereses, los cálculos o las ambiciones terrenales. El nuevo Papa, agustino, misionero, de doble nacionalidad peruana y estadounidense, superaba la mayoría de las quinielas; y, con sus primeras palabras, dedicadas a la paz, la unidad, y la valentía para una Iglesia «abierta a todos», nos confirmaba en la esperanza de que el Espíritu Santo sabe siempre más. Así pudimos sentirlo quienes, esos días, vivimos la gran responsabilidad profesional y personal de comunicar la Iglesia.
No me cabe duda de que la cobertura informativa de la muerte del Papa Francisco, primero; y de la elección de León XIV, después, fue algo que bien podría estudiarse en las facultades de Periodismo. Pero, también, y, sobre todo, fue una experiencia de comunión y de comunicación puesta al servicio. Esto es la verdadera Iglesia. Ojalá también sea así en su visita a España.