Pedro Alberto Sánchez, agustino de El Escorial: «El Patio de los Evangelistas representa la difusión del Evangelio a todo el mundo» - Alfa y Omega

Pedro Alberto Sánchez, agustino de El Escorial: «El Patio de los Evangelistas representa la difusión del Evangelio a todo el mundo»

El director de la Escolanía del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial explica el profundo simbolismo del Patio de los Evangelistas, recién reabierto al público tras su restauración. El religioso desmonta además uno de los tópicos más extendidos sobre la vida monástica: ni siquiera los frailes utilizaban habitualmente este jardín

Redacción
El Patio de los Evangelistas de el monasterio de El Escorial.
El Patio de los Evangelistas de el monasterio de El Escorial. Foto: Wikimedia Commons.

—¿Qué representa el Patio de los Evangelistas dentro del conjunto de El Escorial?
—Es una de las piezas más importantes del monasterio, aunque no me atrevería a decir que sea la principal. El verdadero corazón de El Escorial es la basílica y, dentro de ella, el Sagrario. Pero el Patio de los Evangelistas sí es el corazón del claustro principal, que era una prolongación de la basílica.

El claustro se utilizaba para las procesiones y, por tanto, prolongaba de alguna manera el culto que se celebraba en el templo. Además, alrededor de ese claustro se sitúan las dependencias más importantes del monasterio: las salas capitulares, la iglesia vieja, la escalera principal y el acceso a la basílica. Es algo que ocurre en prácticamente todos los grandes monasterios y catedrales.

—¿Por qué Felipe II quiso situarlo precisamente ahí?
—Más que decir que está en el corazón del monasterio, habría que decir que ocupa el centro del claustro principal. Y eso responde a la importancia que siempre ha tenido el claustro en la vida monástica.

Cuando uno visita una catedral o un monasterio, descubre que el claustro nunca es un elemento secundario. Es uno de los espacios fundamentales de la vida de la comunidad y alrededor de él se organizan las principales estancias. En El Escorial sucede exactamente lo mismo.

—¿Qué papel desempeñaba en la vida cotidiana de los monjes?
—Existe una imagen muy extendida según la cual los monjes pasaban allí buena parte del día paseando, leyendo o meditando. Sin embargo, la realidad parece haber sido bastante distinta.

Nosotros, como comunidad agustina, apenas utilizamos ese espacio. Alguna vez hemos bajado para hacernos una fotografía porque es un lugar precioso, pero poco más. El monasterio dispone de otros lugares mucho más adecuados para pasear o estar en contacto con la naturaleza.

Lo más curioso es que, investigando, descubrí que fray José de Sigüenza, el gran cronista de la construcción del monasterio, decía prácticamente lo mismo hace más de cuatro siglos. Cuando describe el Patio de los Evangelistas explica que apenas era utilizado por los religiosos. Incluso llega a escribir que «se pasa mucho tiempo sin que llegue allí un religioso». Me llamó mucho la atención porque rompe una idea que muchos tenemos sobre la vida monástica.

—¿Por qué ocurría eso?
—Porque el claustro estaba sometido a una disciplina muy estricta de silencio. Fray José de Sigüenza explica que el gran templete central apenas tenía utilidad práctica porque los religiosos no podían detenerse allí a conversar.

A veces construimos una imagen muy romántica de la vida en los monasterios, pero las fuentes históricas muestran una realidad bastante diferente.

—¿Qué significado tienen los cuatro estanques y el conjunto del patio?
—Representan la difusión del Evangelio por toda la tierra.

En el centro se encuentra el templete con los cuatro evangelistas, que son quienes transmiten la palabra de Cristo. Desde ellos el agua llega a los cuatro estanques, que simbolizan los cuatro puntos cardinales, y desde allí riega los jardines, representación del mundo entero.

Fray José de Sigüenza describe el claustro como un «místico paraíso terreno». Cristo es la fuente de la vida; los evangelistas anuncian su palabra y esa palabra alcanza a toda la humanidad.

Además, el proyecto inicial era todavía más expresivo. Se había pensado colocar una imagen de Cristo coronando el templete, pero Felipe II prefirió sustituirla por una cruz de mármol blanco. Sigüenza interpreta esa decisión como un gesto de modestia del rey.

—¿Qué relación existe entre este patio y la espiritualidad de san Agustín?
—Concretamente, ninguna. El monasterio fue fundado por Felipe II para la Orden de San Jerónimo. Los agustinos llegamos en 1885, después de la desamortización. Es cierto que los jerónimos también seguían la regla de san Agustín, pero el Patio de los Evangelistas no responde específicamente a una espiritualidad agustiniana.

Lo que expresa es la espiritualidad cristiana. En la basílica se celebra la Eucaristía y los sacramentos; el claustro representa, de alguna manera, la misión evangelizadora de la Iglesia. Cristo ocupa el centro, los evangelistas transmiten su palabra y esa palabra llega a todos los pueblos.

—¿Puede decirse que el jardín era una forma de catequesis?
—Sí, aunque quizá utilizaría otra expresión. Es un recordatorio permanente de la misión de la Iglesia.

Todo el conjunto gira alrededor de la Palabra de Dios, representada en el templete y en los cuatro evangelistas. Desde ese centro se muestra visualmente cómo el Evangelio se comunica y se extiende por toda la humanidad.

—¿Qué puede aportar esta restauración a quienes visiten ahora el monasterio?
—Lo primero es algo muy sencillo: por fin se puede entrar en el Patio de los Evangelistas. Hasta ahora los visitantes recorrían el claustro principal, pero no tenían acceso al jardín.

Y, a partir de ahí, ocurre lo que sucede con toda gran obra de arte religioso. Invita a hacerse preguntas. ¿Por qué hay cuatro evangelistas? ¿Por qué cada uno aparece acompañado de un águila, un toro, un león o un hombre? ¿Qué significa el templete? ¿Por qué está situado en el centro?

Cuando uno empieza a hacerse esas preguntas descubre que nada está colocado por casualidad y que todo tiene un significado.

—¿Hoy resulta más difícil comprender ese lenguaje simbólico?
—reo que sí, sobre todo por la forma en que hacemos turismo. Vivimos con mucha prisa. Visitamos un monumento, hacemos unas fotografías y seguimos adelante. Sin embargo, lugares como El Escorial requieren tiempo y contemplación.

Siempre pongo el mismo ejemplo: nadie puede comprender el Museo del Prado en una mañana. Al final uno sale saturado. Con un monasterio ocurre algo parecido. Hay que volver, detenerse, contemplar y dejar que el edificio hable.

Solo así se descubre que El Escorial no es únicamente una obra maestra de la arquitectura, sino también un inmenso discurso religioso construido con piedra, agua, jardines y silencio.