El jardín donde la fe florecía: El Escorial recupera el Patio de los Evangelistas - Alfa y Omega

El jardín donde la fe florecía: El Escorial recupera el Patio de los Evangelistas

Patrimonio Nacional reabre al público uno de los espacios más simbólicos del monasterio de Felipe II tras una restauración que devuelve al claustro su configuración renacentista. Concebido como una imagen del Paraíso, el conjunto convierte la arquitectura, el agua y la vegetación en una lección visual sobre el Evangelio

Cristina Sánchez Aguilar
El Patio de los Evangelistas de el monasterio de El Escorial.
El Patio de los Evangelistas de el monasterio de El Escorial. Foto: Wikimedia Commons / Sebastopol.

Durante siglos permaneció oculto a los visitantes. Ahora, por primera vez, quienes recorren el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial pueden adentrarse en el Patio de los Evangelistas, el gran jardín renacentista situado en el centro del claustro principal, después de una restauración integral que ha recuperado su aspecto original del siglo XVI. La intervención, realizada durante doce meses por Patrimonio Nacional con una inversión de 1,7 millones de euros, ha permitido restaurar el pavimento de granito, consolidar las galerías, recuperar los jardines históricos, impermeabilizar los estanques y devolver al conjunto la imagen concebida por Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera para Felipe II.

El Patio de los Evangelistas constituye una de las piezas esenciales de la espiritualidad del monasterio. Su diseño nunca respondió únicamente a criterios estéticos. Cada elemento fue pensado para transmitir un mensaje teológico.

«El verdadero corazón del Escorial es la basílica y, dentro de ella, el Sagrario», explica el agustino Pedro Alberto Sánchez, director de la Escolanía del monasterio. «Pero el Patio de los Evangelistas es el corazón del claustro principal, que era una prolongación de la basílica. Allí tenían lugar las procesiones y, de alguna manera, continuaba el culto celebrado en el templo», explica en conversación con Alfa y Omega.

No es casual que alrededor de ese claustro se dispongan algunas de las estancias más importantes del monasterio —las salas capitulares, la iglesia antigua o la gran escalera de acceso al convento—, siguiendo una organización común en las grandes catedrales y monasterios europeos.

En medio del jardín se levanta un templete inspirado en el célebre Tempietto de Bramante, en Roma. En sus cuatro nichos aparecen representados los evangelistas, mientras que una cruz corona la cúpula. A su alrededor se distribuyen cuatro grandes estanques y doce cuadros ajardinados formando una geometría de extraordinaria armonía.

Un Evangelio construido con piedra y agua

Sánchez recuerda que la mejor explicación del conjunto sigue siendo la que dejó escrita en el siglo XVI fray José de Sigüenza, cronista de la construcción del monasterio. Para él, el claustro representaba «un místico paraíso terreno», del que brotaban cuatro ríos que llevaban la Buena Noticia hasta todos los confines del mundo.

La simbología precede a la explicación. La cruz preside el templete y Cristo aparece como fuente de toda vida. Los cuatro evangelistas reciben esa misión y la transmiten, representada por el agua, hacia los cuatro estanques, imagen de los cuatro puntos cardinales. Desde allí el agua riega los jardines, que evocan el mundo entero.

«Es una representación de la evangelización», resume el agustino. «Cristo ocupa el centro; los evangelistas transmiten su palabra y esa palabra llega, como el agua, hasta toda la humanidad». La imagen enlaza, además, con el relato del Génesis. Los cuatro estanques evocan los cuatro ríos que brotaban del Edén y fertilizaban la tierra, convertidos ahora en símbolo de la difusión universal del Evangelio.

El proyecto inicial era aún más ambicioso. Según relata fray José de Sigüenza, el diseño contemplaba colocar una imagen de Cristo coronando el templete desde la que partiría visualmente toda esa corriente de vida. Sin embargo, Felipe II decidió sustituirla por una sencilla cruz de mármol, un gesto que el cronista atribuye a la modestia del monarca.

Un jardín que apenas pisaban los monjes

Paradójicamente, uno de los aspectos más llamativos de la historia del patio es que apenas fue utilizado por los propios religiosos.

El propio fray José de Sigüenza lamentaba ya en el siglo XVI que el gran templete central «no tiene uso ni fruto» y escribía que «se pasa mucho tiempo sin que llegue allí un religioso». El motivo era sencillo: la estricta disciplina del silencio hacía innecesario convertir aquel espacio en lugar de reunión o conversación.

Pedro Alberto Sánchez reconoce que esa realidad apenas ha cambiado con el paso de los siglos. «Mucha gente piensa que los frailes disfrutábamos del patio continuamente, pero no era así. Nosotros tampoco lo utilizamos apenas. Para pasear o meditar existen otros espacios mucho más tranquilos dentro del monasterio».

Mucho más que un jardín

La restauración ha recuperado el pavimento original de granito, restaurado las fuentes, renovado los parterres siguiendo la documentación histórica y rehabilitado los grandes ventanales de madera que rodean el claustro. Los trabajos se han apoyado en estudios arqueológicos y documentación histórica para aproximarse con la máxima fidelidad al diseño concebido en tiempos de Felipe II.

Pero quizá su mayor aportación sea permitir que el visitante pueda recorrer por primera vez un espacio hasta ahora inaccesible. Para Sánchez, el verdadero valor de esta apertura no reside únicamente en mostrar un jardín recuperado, sino en ofrecer una nueva oportunidad para comprender el lenguaje religioso del monasterio.

«Toda obra de arte religioso provoca preguntas: ¿por qué hay cuatro evangelistas?, ¿por qué un águila, un toro, un león o un hombre?, ¿por qué está ese templete en medio del jardín? Cuando uno empieza a hacerse esas preguntas descubre que nada está colocado al azar».

El director de la Escolanía cree, además, que lugares como El Escorial exigen una forma distinta de visitar el patrimonio. «Hoy hacemos un turismo muy rápido. Entramos, hacemos fotos y seguimos adelante. Pero un monasterio necesita tiempo. Igual que nadie puede comprender el Museo del Prado en una mañana, tampoco se entiende El Escorial sin detenerse, volver a mirar y contemplar».