Hoy, como ayer - Alfa y Omega

Hace un año, por estas fechas, estábamos en la recta final de los preparativos de la JMJ Madrid 2011, de la llegada del Papa y de casi dos millones de jóvenes. Al echar la vista atrás, para revivir con serenidad esos últimos días, un torbellino de emociones se dispara cuando llegan a la cabeza la imagen, y los sentimientos.

Un sinfín de ir y venir de personas, llamadas urgentes, correos electrónicos apremiantes; un gran enjambre industrioso que ultimaba detalles con ilusión y preocupación por viejos problemas que se solucionaban y nuevos que aparecían; por el cansancio acumulado, que empezaba a hacer mella; y porque la gestión eficaz de nuestros actos no ahogara su espíritu.

La preparación de las Jornadas había sido un tiempo de profunda oración, pero, a medida que se acercaba el momento, la necesidad de rezar se hacía mayor, así como la de nuestra familia, amigos y conventos, que nos sostenían con su oración constante. «Tú necesitas adoración», me dijo una persona que me conoce bien; desde entonces, los miércoles, a la hora de comer, la teníamos. Una cara sonriente que asomaba por la puerta y decía: «Es miércoles» era la señal. El último miércoles, llegó la tentación: «Imposible ir, tengo muchísimo lío»: dos teléfonos sonando, el ordenador que echaba humo, una cola de personas a la puerta con problemas urgentes… Pero en medio de la vorágine, una luz: «¿A quién le importa más que esto salga bien? Sí, a Él: el que nunca falla, el que siempre es fiel, el que vela por todo…». Si el objetivo era que cada persona que acudiera a un acto cultural, grande o pequeño, pudiera tener un encuentro personal con Cristo…, sólo había que dejarle a Él que hiciera su obra, y nosotros ser instrumentos.

Llegó el gran día. El paso alegre de los jóvenes dejó una profunda huella en el corazón de todos los que los vieron. Su fe sin complejos y su alegría transformaron la vida de todo aquel que estaba en su camino. ¿Y nosotros? ¿Fuimos unos meros gestores al uso? ¿Dejamos que el Señor pasara por nuestra vida? «A todos los que habéis estado en esto os ha marcado», me han dicho distintas personas este último año; unas de forma empírica, otras con asombro y algunas casi con hartazgo, al oír otra referencia a la JMJ. Sí, es cierto. El tiempo de trabajo, de oración, de compartir, disfrutar y sufrir, ha dejado en mí una profunda huella. Estoy profundamente agradecida por las personas que el Señor ha puesto en mi vida, y que forman parte indisoluble de ella. Pero estoy aún más conmovida por la Providencia amorosa del Padre, que me quiere con locura, tal y como soy; por cuidar de mí y de los míos, con una ternura infinita, en las pequeñas y grandes ocasiones. Imposible ser la misma cuando un tornado de amor ha pasado por mi vida. No puedo respirar, sonreír o trabajar de la misma forma… De lo que abunda el corazón, habla la boca.

En la Misa de envío, el Papa nos dijo: «Ahora volveréis…, y la gente os preguntará… Sed testigos alegres de Jesucristo». ¿Lo he hecho al volver a la vida ordinaria? ¿La vivo de forma extraordinaria? ¿O la JMJ murió en mí el día que Benedicto XVI subió la escalerilla del avión para volver a Roma? Hoy, como ayer, la misión es la misma: ser testigo alegre de Jesucristo bajo el amparo de María, la Madre del Amor Hermoso.