Acabo de colgar con mi tío Ignacio y estoy perpleja. Llamaba para decirle que, como no iba a poder ir al cementerio y darle un abrazo, me estaba acordando mucho de él, pero me he encontrado un encargo apremiante. «Siéntate y escribe, aunque no te salga nada. Pero no escribas para todo el mundo, sino para esa persona que necesita comprender».

Yo solo quería hablar con él porque los efectos colaterales de la pandemia me impiden ir a la Misa por mi tío Alfonso, su hermano. Somos un familión y el cupo permitido se cubre con la familia directa. Yo soy una sobrina que le quería mucho y no ha podido despedirse de él. En otros tiempos hubiera ido al velatorio y llorado en una esquinita, después de rezar el rosario, con él de cuerpo presente. Pero no, hoy hemos tenido que rifar entre los hermanos quién acompañaba a mi madre al cementerio, y no me ha tocado a mí.

He buscado la forma de hacerme presente en la distancia. Sé que lo importante son su mujer, hijos, nietos y hermanos, pero me faltaba ese último adiós. Siempre he visto la mano providente del Señor en mi vida y, si me deja en el banquillo, será por algo.

A pequeña escala, he comprendido lo que han vivido miles de personas a las que se les ha muerto un ser querido sin una despedida. Yo tengo el consuelo de la Misa que ha celebrado a primera hora un sacerdote amigo; el consuelo de saber que mi tío Alfonso era una persona de fe profunda que todos los días, además de la Misa, buscaba su momento para hacer un rato largo de oración, a veces interrumpido por unos y otros; que le tenía un cariño filial a la Virgen y que Ella le habrá cogido de la mano hasta llevarle al Padre. Sé que aquellos a los que ayudó, y que le han precedido, le estarán esperando para recibirle. Porque, a lo largo de la vida, se ha ocupado y preocupado por muchos. Pero ha sido ahora, en la ancianidad, cuando su corazón, enfermo desde la niñez, se ha ensanchado en plenitud recogiendo en él los dolores de muchas personas queridas. Estos últimos meses ha estado rezando insistentemente por los ancianos y las personas que les cuidan en el hospital del que era patrono. Cuanto más dura era la situación, más rezaba él.

A este abuelo, que ejercía de segundo padre, le han visto rezar sus nietos. Ellos no solo han convivido con alguien que los quería con locura, sino que han experimentado en sus carnes la fe que tenía y, eso, vale una vida. Si hace tiempo que no le has dicho a una persona querida que la quieres hazlo ya, no vaya a ser que se te vaya de repente sin haberlo escuchado.

Carla Diez de Rivera