«El origen de las enfermedades que padecemos los hombres, y que tienen el nombre de emergencias o crisis, está en la incomunicación con Dios, en no dejarle entrar en la vida personal y colectiva de los hombres», escribe el arzobispo de Madrid, monseñor Osoro, en su Carta de esta semana, titulada Un verano para descubrir el origen de las emergencias

Estamos viviendo las dificultades por las que atraviesan los hombres: luchas, guerras, descartes, enfrentamientos, agresiones. Iniciemos este tiempo de verano como si el Señor nos dijese: quiero estar con vosotros, dejadme entrar en vuestra vida. ¿Comprendéis la fuerza que tiene para el hombre saber que Dios está aquí, que no se ha retirado del mundo, que no nos ha dejado solos y que viene a visitarnos de múltiples maneras? Dios quiere entrar en mi vida y desea dirigirse a mí. Tengamos la audacia y la valentía de acogerlo e invitemos a todos los hombres a recibirlo. Digamos a todos: «¡No tengáis miedo!»

¿Qué aprendemos? Descubrir que el Señor ha llegado a este mundo y ha visitado a los hombres por la Encarnación en María es algo excepcional e importante. Es una llegada singular de Dios a la historia de los hombres. Y Él vendrá otra vez al final de los tiempos. El Señor desea venir siempre a través de nosotros, llama a las puertas de nuestro corazón y nos dice: «¿Estás dispuesto a darme tu tiempo, tu corazón, tu carne, tu vida?» El Señor, que ha venido a esta historia, quiere entrar en nuestro tiempo, desea entrar en la historia de los hombres, pero quiere hacerlo a través de nosotros: busca una morada viva que dé la noticia de que el origen de las enfermedades que padecemos los hombres, y que tienen el nombre de emergencias o de crisis, está en la incomunicación con Dios, en no dejarle entrar en la vida personal y colectiva de los hombres, en marginarlo, en no contar con Él, en asumir una manera de comportarnos que nada tiene que ver con el humanismo que nos ha revelado con su presencia. Urge que el Señor pueda venir a través de nosotros.

Llevar la alegría a los demás

¿Qué compromiso tendríamos que asumir nosotros? Uno muy sencillo, pero muy hondo: llevar la alegría a los demás. Llevar la esperanza a los hombres, transmitir la fe a todos los hombres, llevar el amor de Dios a todos los hombres. No se trata de ofrecer regalos costosos, tampoco de hacer grandes revoluciones con nuestras fuerzas y estrategias. Utilicemos la misma estrategia de Dios. Hay que llevar el regalo de nosotros mismos, con la vida nueva que nos ha sido dada en Cristo.

Llevemos la alegría de haber conocido a Dios y de habernos conocido a nosotros mismos; llevemos la esperanza que nace de poner el corazón en los planes que son de Dios y en los sólidos fundamentos que se nos han revelado en Jesucristo; llevemos la fe que supone una adhesión inquebrantable a Dios en todos los proyectos que tiene sobre el hombre; llevemos el amor de Dios que sabe de entrega total de uno mismo, de servicio incondicional al otro como si fuera Dios mismo. Con nuestras palabras y nuestras obras anulemos todas las emergencias y crisis, entregando salidas nuevas que nacen de volver a la comunicación abierta y con todas las consecuencias con Dios en Jesucristo.

¿Cómo salir de nuestras crisis?

Tenemos anhelo de un mundo mejor. Hagámoslo con la oración y con las obras buenas, esas mismas que nos enseñó Jesucristo a hacer mientras estuvo con nosotros en esta historia. Propongamos como salida a nuestras emergencias y crisis la comunicación con Dios que nuestra cultura tiende a romper. ¿Cómo?

1) Captemos la presencia de Dios, su visita: sepamos saborear el silencio. La única manera de captar la presencia de Dios es saber detenernos en el silencio que nos habla de su presencia. En el silencio comprendemos mejor los acontecimientos de cada día, los gestos que Dios nos dirige directamente o a través de los demás y de los acontecimientos. En el silencio percibimos con claridad el amor de Dios. Y en ese silencio podríamos escribir mejor nuestro diario interior a través del cual podríamos plasmar las consecuencias y los compromisos a los que nos lleva el amor de Dios. Desde el silencio comprendemos mejor nuestra vida, y la entendemos como visita, la que nos hace Dios a nosotros. Tengamos tiempos de silencio y de encuentro con Dios; nuestras casas de ejercicios son medios para captar la presencia de Dios.

2) Vivamos en la comunicación con Dios, abiertos a su misterio, ensanchando horizontes de comprensión: abiertos a Él, sin romper la comunicación con quien nos ama y nos da el amor que necesitamos para vivir. Abiertos a su presencia real en el misterio de la Eucaristía. Abiertos a la escucha de su Palabra, a dejarnos hacer por ella. Abiertos a su presencia real, regalándonos su perdón a través del sacramento de la Penitencia. Abiertos a Él, que es la manera de satisfacer la demanda que existe hoy de verdad. Hay muchas informaciones, muchas ideas, muchas interpretaciones, pero una gran necesidad de verdad. Ha sido Jesucristo el único que nos ha dicho que Él es la Verdad. Nuestros monasterios son lugares que debemos visitar para aprender a comunicarnos con Dios y vivir abiertos a su misterio.

3) Vivamos en esperanza, esa que nos impulsa a entender la vida y la historia como kairós, como ocasión propicia para nuestra salvación. En nuestra vida estamos siempre en constante espera. La esperanza marca el camino de la Humanidad y en nosotros tiene una certeza, la de que el Señor está con nosotros a lo largo de nuestra vida. Volvamos el corazón a Cristo, que nos ofrece su amor y su salvación. Entreguemos con obras este amor y esta salvación a los que viven a nuestro alrededor, a través de nuestros compromisos reales con las instituciones de caridad.

+ Carlos, arzobispo de Madrid