Calderón de la Barca en La vida es sueño nos recuerda que la vida no deja de ser una ilusión, un sueño, una quimera, y que los sueños, sueños son. Alejandro Sanz, cantautor español, nos recordaba en su concierto en el Don Haskins Center de El Paso que «todos tenemos sueños y cada uno de nosotros deberíamos tener el derecho de poder soñar libremente». Ha lanzado una cruzada personal, con venta de camisetas incluida, en favor de los dreamers (soñadores), cuyos beneficios se destinan íntegramente a asociaciones que trabajan por esos muchachos que habitan en un cuasi limbo legal. Qué pena que sean poquitos los migrantes que se pueden permitir el lujo de comprar una entrada por 300 dólares para poder disfrutar de su arte. Pero hay que agradecer su esfuerzo por defender los derechos de los que se atreven a soñar, aunque en ello les vaya la vida. Son tantos los niños a los que se les impide la posibilidad de labrarse un futuro digno, que no conocen otra tierra que Estados Unidos, ni tampoco otra bandera, ni otro himno, ni otra cultura… Aquí crecieron y, aunque sus rasgos digan lo contrario, se sienten americanos. Luego, las leyes querrán convencerlos de otra cosa. Y estrellarán sus ansias de estudiar contra las puertas de la universidad, simplemente porque son indocumentados, ilegales, sin papeles. Porque es prácticamente imposible que un ilegal pueda pagar la universidad.

Mientras, la Iglesia, tan vilipendiada a veces, se esfuerza en aliviar las penas de los que llegan a nuestra frontera. A Norma Pimentel la llaman la monja de los inmigrantes. Norma es de Brownsville, Texas, hija de inmigrantes mexicanos. Así que su pasión por los que cruzan la frontera es algo genético. Si le preguntas cuántos reconocimientos ha tenido, se ríe y te dice que el mayor reconocimiento es el ver a una familia reunificada. Está a cargo de las Caridades Católicas de la diócesis de El Paso, pero pasa más tiempo en la calle que en la oficina.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos reivindica claramente el derecho de las personas a moverse libremente y a buscar asilo si sus vidas corren peligro. Diversos tratados internacionales, firmados por casi todos los países del mundo, reconocen que el migrante es un sujeto de derechos y que la persona que migra no renuncia a sus derechos cuando sale de su lugar de origen. Y ese es precisamente el motivo que nos anima a seguir en la brecha. Solo me queda deciros que nunca supe nada de los tres jóvenes centroamericanos a los que acogí en mi parroquia. Cuando miro su fotografía le pido a Dios con todas mis fuerzas que los cuide. Y si los desaparecieron, que los tenga en su gloria.

José Luis Garayoa
Agustino recoleto. Misionero en Texas (EE. UU.)