En la celebración del V Centenario de santa Teresa de Ávila, monseñor Carlos Osoro nos acerca «a esta mujer excepcional que nos hace entrar en comunión con Jesucristo»

Estamos celebrando el V Centenario de santa Teresa de Jesús. Quisiera hablaros desde el corazón de la Santa, cuando estamos todos iniciando un curso nuevo, con programas y proyectos, con revisiones de lo que hicimos y con tantas expectativas que tenemos. Permitidme entrar en vuestro corazón, me parece oportuno acercarme a vuestra vida para deciros lo que con su vida y sus escritos tan bellamente nos dice la Santa de Ávila: «Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta». Os invito a que acerquemos nuestra vida a esta mujer excepcional que nos hace entrar en comunión de vida con Jesucristo. El Evangelio siempre tiene algo que decirnos; leído y contemplado hoy con la Santa abulense, tengo la certeza de que nos invita a vivir nuestra vida en dos actitudes existenciales que implican decisiones fundamentales: 1) La decisión de vivir bendiciendo a Dios al descubrir su grandeza y nuestra pequeñez, y 2) La decisión de estar siempre en el Señor. Santa Teresa, con su vida, escribe páginas del Evangelio con una belleza y una actualidad singulares. Nos hace entender el Evangelio y nos hace preguntarnos y responder con nuestra vida. Nos sitúa en lo más necesario para encontrarnos con Dios, en la pequeñez, en la bendición y en la cercanía del Señor. Escuchad a santa Teresa:

«Vuestra soy, para Vos nací,/ ¿qué mandáis hacer de mí?/ Soberana Majestad, /Eterna sabiduría./ Vuestra soy, pues me criaste,/ Vuestra, pues me redimiste,/ Vuestra, pues me llamaste,/ Vuestra, porque me esperaste,/ Vuestra, pues no me perdí./ ¿Qué mandáis hacer de mí?»

Vivir bendiciendo

Me gustaría rastrear para vosotros, desde la Palabra de Dios, esta Sabiduría que se hizo vida en santa Teresa de Jesús y donde descubrimos los pasos que tenemos que dar para vivir bendiciendo siempre al Señor, que es estar bendiciendo a los demás, a los otros, a todos los otros, al prójimo y haciéndolo estando siempre en Él. ¿Dónde lo encuentra santa Teresa? Creo que podría simplificarlo en estos textos del Evangelio, claves en ella:

1. «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar», o sentir que hemos sido elegidos por Dios en el Hijo tal como nos enseña Jesucristo. Quizá esto pueda parecer extraño, pero ser elegido es esencial para convertirse en amado. El primer paso en nuestra vida espiritual es precisamente ese que nos enseña Jesucristo: reconocer con todo nuestro ser que hemos sido elegidos. Hemos sido elegidos. Cuando sé que yo he sido elegido, me hago consciente de que he sido visto como una persona que tiene una predilección, a quien Dios le ama y le quiere. Santa Teresa de Jesús, a través de su vida, quiso ser coherente a este ideal: qué alegría y qué responsabilidad pensar que el Señor se fijó en mí en calidad de persona única y que tiene el deseo de conocerme y amarme. Para mantener esta conciencia de elegidos, es necesario buscar personas y lugares donde se nos recuerde nuestra identidad más profunda como elegidos de Dios.

2. «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis vuestro descanso», o tomar conciencia de que sin estar en el Señor somos seres rotos. Santa Teresa tuvo tal conciencia de su ser roto que siempre estuvo buscando personas que la ayudaran a encontrarse con el Señor, de tal manera que solamente así podría restaurase en su ser roto. Nuestro ser de hombres rotos tiene muchas manifestaciones: exclusiones, dependencias, rupturas, globalizar nuestro ego y no el amor de Dios, sufrimientos, enfermedades, guerras, enfrentamientos, pecado. ¿Cómo se puede responder a estas rupturas? Entre otras cosas, hay que hacer más amistoso y fraterno nuestro mundo y ponerlo bajo el signo de la bendición, es decir, hay que saber decir y vivir como elegido y, por tanto, como amado por Dios, que dispone todo lo que es y tiene para entregar el amor de Dios a los demás. Esto tiene una manera de realizarse y, como consecuencia, tenemos que disponernos a vivir en comunión con Nuestro Señor Jesucristo. Comunión que alimentamos en el sacramento de la Penitencia, donde el Señor nos perdona y restaura nuestra vida. Comunión que alimentamos en la celebración de la Eucaristía, donde Jesucristo se hace realmente presente y nos lleva a vivir en el ejercicio de la caridad con todos y para todos, dando la vida por todos. ¿Habéis intentado alguna vez pasar tiempos largos no haciendo otra cosa que escuchar la voz del Señor? Escuchadla, ya veréis la paz que llega al corazón.

3. «Así hace el que teme al Señor, el que abraza la Ley logra sabiduría», o vivir entregados. Hemos sido elegidos, estamos rotos, somos bendecidos, para ser entregados. ¿Os habéis dado cuenta del gozo que produce hacer algo por otra persona? ¿Os habéis dado cuenta lo que supone poner la vida al servicio de los demás? ¡Qué misterio más maravilloso! Nuestra realización más completa consiste en darnos a los demás. Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó a darnos; Él mismo se dio enteramente, no guardó nada para sí. Santa Teresa quiso imitar al Señor en este darse por los demás, desde los claustros de un monasterio. Hacer la ofrenda de la vida por los hombres, por todos los hombres, es la expresión gozosa de una carmelita que alimenta esta ofrenda en la Eucaristía. El Misterio de la Eucaristía es la expresión admirable de la entrega del Señor hasta derramar su Sangre por todos los hombres. Entrar en comunión con Él solamente se puede hacer si nos sabemos elegidos, bendecidos, rotos, pero restaurados por el Señor. Como santa Teresa, entremos en sintonía de Jesús:

«Nada te turbe,/ nada te espante,/ todo se pasa,/ Dios no se muda,/ la paciencia/ todo lo alcanza./ Quien a Dios tiene/ nada le falta./ Solo Dios basta».

+ Carlos, arzobispo de Madrid