Un joven maliense solicitante de asilo busca habitación. Nadie quiere alquilársela. Hasta que un monitor de patinaje para niños no solo está dispuesto a compartir su propia casa sino que, hasta para facilitar la visita, pide la tarde libre en el trabajo. «¿Te gusta la habitación? Yo mismo la he pintado»

Al otro lado del teléfono su voz sonaba suave y atenta. Generaba confianza.

—¿La habitación es para ti?

—No, un chico joven, solicitante de asilo, está buscando alquiler. Él no habla bien español.

Y comenzaron las preguntas. La voz era cada vez más grave.

—Es de Mali.

A los pocos minutos colgó. No estaba disponible. Quizá más adelante. Él miró serio. Estaba cansado. Todos los días bajaba a la oficina con una lista de números de teléfono de habitaciones. Ninguna libre. O sin contrato. O a un precio desorbitado. Ella lo intentó animar, pero la alegría por buscar una nueva habitación se había cubierto de desesperanza. Su plazo de estancia terminaba. Según el Programa para Refugiados, Inmigrantes y Solicitantes de Asilo contemplado por el Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social, las personas solicitantes de asilo pueden estar un tiempo máximo de seis meses en la entidad de acogida. Después tienen que ir a una habitación alquilada de la ciudad en la que ya residen. Disponen de una dotación económica suficiente para sufragarla. Sin embargo, el libre mercado no es para ellos.

Una tarde llegó con otro número. Este era diferente. Un amigo suyo ya residía allí y le había recomendado. El propietario aceptaba. Fuimos a ver la vivienda. Un chico joven, monitor de patinaje para niños y guardia de seguridad nocturno, estaba dispuesto a compartir su propia casa con dos personas africanas. Aquella tarde, para facilitar nuestra visita, pidió libre en el trabajo.

—¿Te gusta la habitación? Yo mismo he pintado las puertas y he arreglado el techo. Es sencilla. Pero si necesitas una mesa la puedo comprar.

—No, está bien.

Antes de firmar le expliqué los pagos que teníamos que hacer. No entendía. Leímos el contrato que firmaría al día siguiente. Le expliqué que debía firmar los documentos justificativos del dinero recibido.

—¿Entiendes?

Sonrió.

—No.

—Escucha. Confío totalmente en ti. Totalmente.

Firmó el papel y salió de la oficina.

Patricia de la Vega
Hija de la Caridad