Hay películas, como hay libros o estrenos teatrales, que viven sin cesar en el recuerdo de una nación. Lo hacen, además, no en la forma jovial y bulliciosa de los acontecimientos deportivos multitudinarios o de las alegres efemérides de una celebración institucional. Permanecen con el delicado y apremiante pulso de la conciencia. Persisten con la fuerza de una revelación que ha cambiado nuestras vidas. Son el producto de una verdadera experiencia estética. La buena obra de arte, si debe precisarse un canon elemental, es la que nos transforma, la que provoca que ya no podamos seguir siendo los individuos que éramos antes de su conocimiento. Eso es lo que distingue la cultura del mero entretenimiento, y conviene decirlo en una época de tan blando criterio, de tan demagógica actitud, capaz de dotar de un presunto interés cultural a las peripecias más penosas o banales. Estamos metidos en un barrizal de tan espesa sustancia, que el mismo concepto de calidad es sometido a la tiranía de las cuestiones de gusto y al oportunismo de una sociedad, que no por casualidad se enfanga en la cultura basura, desde que la postmodernidad decidió olvidarse de la diferencia entre la alta y baja cultura y acabó por olvidar lo que era la cultura.

Como vivimos en un mundo que ha dejado de pensar en la verdad, y donde se confunde sin vergüenza la libertad y el relativismo, se ha extraviado también una forma de ver el arte, la literatura, el cine o la música que exige valorarlos. Lo que hoy parece haber asentado ya su dominio en nuestra percepción es, pura y simplemente, si lo que se escribe, lo que se moldea, lo que se pinta o lo que se interpreta nos divierte o nos aburre. Muy pocos se plantean juzgar un hecho literario y artístico porque nos obliga a mirarnos en un implacable espejo moral, porque nos interpela como si lo supiera todo de nosotros, porque nos llega al alma. Hubo un tiempo en que exigíamos a un libro, a una película, que tuvieran esa virulencia posesiva, esa fuerza conmovedora. Nunca les permitíamos que se limitaran a pasar por ahí, a proporcionarnos una ligera evasión o a llenarnos una tarde perezosa de domingo. O, en todo caso, sabíamos que la cultura no se hallaba en esos parajes cuya mejor cualidad parece ser haberlos olvidado al día siguiente, reposar en el rincón más silencioso, oscuro e insignificante de nuestra vida.

A finales de 1966, se estrenó La caza, una película en la que la historia española de nuestro siglo cobró la forma abrumadora de una metáfora. Para poder reconstruir la tragedia de la nación que culminó en julio de 1936, no le hizo falta a Carlos Saura trenzar los majestuosos fotogramas de las superproducciones con las que Hollywood narró en aquella década algunas de las jornadas decisivas de la humanidad. Nos regaló un prodigio de sensibilidad y discreción, lejano a la impostura de las imágenes grandilocuentes, y ajeno a la dudosa fascinación de las escenas tumultuosas.

Media docena de protagonistas era arrojada, con sus rencores, sus fracasos, su envidia, su indolencia o su resignación, a la textura impasible y desnuda del blanco y negro. Unos pocos seres humanos eran lanzados a un paisaje envilecido, reticente, en cuya sustancia amenazadora parecía tomar cuerpo el horizonte de un hecho moral. Un rincón árido, sofocante y malicioso de España se convertía en el escenario en el que unos cuantos actores representaban magistralmente el tono y el fondo de la guerra civil. La magnífica estatura de aquella obra se realizaba al margen del maniqueísmo presuntuoso, pero también fuera de una compasiva redención. Nada había de reflexión sobre el mal absoluto, los ejes racionales de la historia o el cántico en falsete al heroísmo de la causa justa. A un ritmo preciso, inexorable, todo el pasado de España parecía estancarse en la crueldad de una jornada asfixiada por el calor, por la falta de significado de los actos, por la inmediatez de la muerte.

En silencio, aquel espacio estéril contemplaba a los hombres. Hombres que apenas hablaban, hombres que se miraban con desprecio, hombres que se temían, hombres que recelaban. Hombres para quienes la presencia de los demás era una inexplicable molestia. Hombres sin ternura, sin felicidad, tan aferrados a la dureza de la tierra exhausta como los conejos a los que trataban de cazar. Hombres que solo se respetaban a sí mismos, o que ya habían dejado de respetarse, sumidos en un insoportable balanceo entre la arrogancia y la desesperación. Hombres en cuya mirada se agolpaba una incurable falta de fe en toda empresa común generosa, integradora, constructiva. Por el trabajo de unos grandiosos actores en estado de gracia, lo peor de nuestra historia tomó rostro en Ismael Merlo, en José María Prada, en Alfredo Mayo, en Fernando Sánchez Polack, junto a la superviviente ingenuidad de Emilio Gutiérrez Caba, el muchacho en el que cobraba forma una España joven, aterrada por un pasado cuya superación aún deberíamos ganarnos a pulso, en esa Transición tan ferozmente denostada en nuestros días.

Siempre me ha parecido que La caza oficiaba un reiterado sacrificio en las salas de cine. Obligaba a los espectadores a algo muy distinto a tomar partido por uno de los bandos que sangraron sobre la tierra de España. Nos hacía escapar de los expedientes sectarios de condena o absolución. Nos ponía al borde de un abismo por el que se precipitaba nuestra conciencia cívica. Nos desnudaba ante un paisaje implacable donde ardía todo el dolor de nuestra nación. Nos exigía acabar con aquella tarde inmóvil, yaciendo en un rincón viejo y árido del mapa de España, donde se emprendía a diario la tragedia de un país enfrentado consigo mismo, de una patria que se negaba a sí misma, de un sueño de la razón que creaba sin cesar los monstruos de nuestro pasado.

Fernando García de Cortázar
Domingos con Historia/ABC