El 1 de marzo de 1981 fue secuestrado Quini, el mítico delantero asturiano del Fútbol Club Barcelona. En años de plomo como aquellos, todo invitaba a ponernos en lo peor pero, en este caso y sin quitarle un ápice de relevancia, todo era un mal menor mucho más chusco de lo que a priori parecía. Los secuestradores de medio pelo eran tres mecánicos de Zaragoza que sobrevivían con grandes problemas económicos y que estaban a punto de tener que cerrar un taller de motos que se había quedado sin clientes. Para que los más jóvenes del lugar se hagan una idea, aquellos aprendices de brujo no habían delinquido jamás ni lo harían tampoco después.
Con esta historia real como base, Oriol Capel y Nacho G. Velilla montan una miniserie española, de tan solo tres capítulos, en una suerte de drama con gotas de picaresca y humor absurdo que se deja ver, sin más. Lo mejor de la serie es la ambientación de la época. Los que la vivieran, y más si son futboleros, van a disfrutar con las recreaciones de aquel convulso inicio de los 80, tan solo una semana después del golpe de Estado del 23F. Raúl Arévalo, Vito Sanz, Gabriel Guevara (los secuestradores) y Agustín Otón, en el papel estelar de Enrique Castro (Quini) están bien y le dan, en conjunto, verosimilitud a una historia de buena gente, como si los ladrones fueran gente honrada, que diría Enrique Jardiel Poncela.
Por lo demás, la serie en su trama es algo irregular, con altibajos en el guion, y desperdicia una buena materia prima, porque lo que podría haber sido un pelotazo, se queda en una historia correcta que funciona simplemente como entretenimiento nostálgico. Un retrato más de una España siempre pícara, que mira desde abajo, desde quien más que vivir, sobrevive; y que convierte la necesidad en ingenio para ponernos delante tanto la creatividad del individuo como las grietas de la sociedad en la que le ha tocado vivir.