San Isidro: la santidad no está reservada a unos pocos
San Isidro Labrador ocupa un lugar singular en la vida de la Iglesia y del pueblo fiel. No fue un teólogo, ni un gobernante, ni alguien reconocido por grandes obras humanas. Fue un trabajador de la tierra. Un hombre sencillo que encontró el camino de la santidad en la fidelidad cotidiana, en la oración perseverante y en el amor concreto a los pobres. Su figura recuerda que la santidad no está reservada a unos pocos ni se alcanza únicamente en momentos extraordinarios, la santidad puede florecer en medio de la rutina, del cansancio y del trabajo de cada día. San Isidro vuelve a enseñarnos que también se puede rezar trabajando y trabajar con el corazón puesto en Dios.

La espiritualidad de San Isidro Labrador tiene además una fuerza profundamente actual. En una cultura marcada por la velocidad, el rendimiento y la ansiedad, él representa la paciencia de quien sabe esperar los tiempos de la tierra y confiar en la providencia. La santificación del trabajo cotidiano es descubrir que Dios también habita allí donde una persona cumple honestamente su tarea, sostiene una familia, sirve a los demás o trabaja con dignidad. Por eso su testimonio sigue despertando cercanía: porque habla de una fe encarnada en la vida real del pueblo.
Huella en Argentina
La devoción a San Isidro, llegada desde España, echó raíces profundas en una parte de la Provincia de Buenos Aires y particularmente en la diócesis de San Isidro, donde el santo patrono se transformó con los años en parte de la identidad espiritual y cultural de la comunidad. Cada celebración vuelve a reunir generaciones enteras alrededor de tradiciones que conservan una enorme fuerza simbólica y afectiva. Tocar el santo, acercarse también a su esposa santa María de la Cabeza, llevar la espiga bendecida, caminar detrás de la imagen por las calles, son gestos sencillos pero cargados de fe, de memoria compartida y de pertenencia. Para muchos, se trata de uno de los momentos más esperados del año: una expresión de piedad popular donde el pueblo reza, agradece, pide trabajo, salud y protección para sus familias.
Hay además algo profundamente evangelizador en esa salida anual del Santo. En una Iglesia que a veces puede caer en la tentación de encerrarse sobre sí misma, san Isidro sale a la calle. Pase lo que pase. Sale a compartir la fe en medio de la ciudad y de la vida concreta de la gente. Muchos recuerdan en este sentido al querido padre Pedro Oeyen, párroco durante tantos años, fallecido a fines del año pasado. Quedó grabada en la memoria de muchos su decisión de hacer salir en una oportunidad la imagen al atrio, aun en medio de tormentas muy fuertes, aunque fuera apenas unos minutos antes de volver a ingresar al templo. Había allí un gesto profundamente pastoral y espiritual: el Santo debía encontrarse con su pueblo. Porque esa salida no era solamente una tradición; era también una manera concreta de recordar que la fe no puede quedarse puertas adentro, sino que está llamada a caminar entre la gente, sosteniendo la esperanza de quienes siguen confiando en Dios en medio de la vida cotidiana.
Máximo Jurcinovic, sacerdote de la Diócesis de San Isidro, Buenos Aires, Argentina. Director de la Oficina de Comunicación de la Conferencia Episcopal Argentina