Niña salvada por Pedro Salado: «Rezamos para que nos ayude»

Pedro Salado la salvó de ahogarse: «Cuando tenemos alguna dificultad rezamos para que Papi Pedro nos ayude»

A Selena Tasiguano y otros seis niños del Hogar Nazaret de Quinindé los salvó de morir ahogados, a costa de su propia vida, el hermano Pedro Manuel Salado. El Papa reconoció esta semana esta entrega y abrió la puerta a la beatificación de este religioso que había hecho de su vida un don total para los niños

María Martínez López
Selena, de niña, con el hermano Pedro Salado. Foto: cedida por Selena Tasiguano.
Selena, de niña, con el hermano Salado. Foto: cedida por Selena Tasiguano.

—Usted creció en el Hogar Nazaret, de la familia eclesial del mismo nombre. ¿Cómo era el hogar cuando usted vivía en él?
—Llegué a los diez meses, porque mi mamá no tenía los recursos económicos para mantenerme. Éramos unos doce niños. La vida allí era muy bonita, la verdad. De pequeños, por las tardes jugábamos, por las noches había juegos de mesa y los fines de semana rezábamos el rosario en familia. Luego, al crecer, ya teníamos que hacer deberes. Siempre que necesitábamos ayuda con el inglés Papi Pedro estaba dispuesto. También estaban Mami Juani y Mami Rosita, dos consagradas que estaban a nuestro cargo, y un matrimonio. 

—Se refiere al hermano Pedro Manuel Salado, que vivía en el hogar con ustedes. ¿Cómo era?
—Muy bueno, muy entregado a los niños. Compraba bolos para nosotros, como helados. Siempre íbamos a pedirle y nos daba bolitos. 

Pedro M. Salado y una de las religiosas del hogar, con varios niños. Foto: Selena Tasiguano.
Salado y una de las religiosas del hogar, con varios niños. Foto: Selena Tasiguano.

—Es de sobra conocido lo que ocurrió ese 5 de febrero de 2012 en playa de Tonsupa, en Esmeraldas, y cómo el hermano los sacó a usted y otros seis compañeros del agua cuando quedaron atrapados por la resaca, antes de morir por el agotamiento. ¿Cómo lo vivió usted?
—Normalmente íbamos algo menos de un mesecito de vacaciones a la playa, todos juntos. El hermano Pedro nos hacía concursos de carteles con conchitas y estrellas de mar. Siempre lo pasábamos muy bien con él. Ese día fuimos a Mias y al regresar nos explicó un poquito de la homilía y de Dios. Después fuimos a la playa. 

Dentro del mar, sentíamos que nos arrastraba hacia dentro. Yo fui de las últimas que sacó porque estaba mucho más dentro que los demás. Él sacó a los primeros pero cuando llegó a nosotros ya estaba cansado y nos sostenía para que no nos hundiéramos; a pesar de la dificultad, porque venían olas y nos empujaban. La cosa pintaba mal. Pero a pesar de eso no nos hundimos en ningún momento, incluso mientras esperábamos a que él viniera. La verdad, no sé cómo logramos flotar tanto. 

«Me cuesta hablar de esto»

—Habrá participado en el proceso del Vaticano sobre su muerte. ¿Ha sido duro revivir tantas veces no solo la situación de peligro que vivieron, sino también la muerte de Papi Pedro?
—Sí, hemos estado muy involucrados en el proceso de la beatificación. Vinieron unos sacerdotes de España a entrevistarnos [la causa la lleva la diócesis de Córdoba a petición del obispo de Esmeraldas, N. d. R.] y también dimos testimonios en vídeo; aunque ya éramos más mayores. Normalmente me cuesta hablar de esto porque cuando pasó yo tenía 9 años, estaba muy chiquita. Pero como es para una buena causa lo hacemos de buen grado. 

—Será beatificado por una vía nueva, la de la ofrenda de la propia vida, instituida por el Papa Francisco. ¿Es importante para ustedes que el hermano vaya a ser de los primeros en subir a los altares de esta forma?
—Para nosotros es muy importante porque dio la vida por nosotros. Cada pasito que se va dando y que lo va acercando más a la santidad nos alegra un montón. Entre otras cosas, porque así su vida no se queda en que la conozcan solo unas pocas personas sino que cada vez es más conocido por ese gran acto que hizo de dar la vida. En Quinindé, que tiene 80.000 habitantes; en Esmeraldas y hasta en Quito es bastante conocido.

Sigue yendo al hogar

—¿Le siguen sintiendo cercano?
—Claro. Siempre que tenemos alguna dificultad rezamos para que él nos ayude. Y la verdad es que sí lo notamos, aunque sea en cosas pequeñas como que se nos pierdan las llaves. Nos encomendamos a él, rezamos un padrenuestro y las terminamos encontrando. Podemos decir «mira, sí nos está cuidando desde el cielo». 

La joven con las hermanas Rosita y Juani. Foto: cedida por Selena Tasiguano.
La joven con las hermanas Rosita y Juani. Foto: cedida por Selena Tasiguano.

—¿Cuál es su situación ahora, que con 23 años ya no vive en el Hogar Nazaret?
—Estoy trabajando en una papelería de lunes a viernes y estudiando Enfermería de forma semipresencial. Pero por las tardes o cuando tengo algún feriado sigo yendo al hogar a pasar tiempo con las hermanas y los niños y ayudar con lo que necesiten. Al fin y al cabo, me he criado allí. Los demás compañeros también mantienen bastante contacto.