6 de mayo: santo Domingo Savio, el niño cuya santidad ardió como una llamarada
Fue precoz desde el día de su nacimiento hasta el de su muerte. Entre medias vivió la fe a fondo junto a Don Bosco y, con el mismo ardor, la contagió entre sus amigos
Domingo Savio, el primer santo adolescente no mártir canonizado, murió con apenas 15 años y todo en él fue precoz. Nacido en Riva de Chieri, cerca de Turín (Italia), el 2 de abril de 1842, fue bautizado el mismo día de su nacimiento y recibió la Primera Comunión, gracias a un permiso excepcional, a los 7 años. Ese mismo día escribió en un papel cuatro propósitos de vida que renovó cada día desde entonces en adelante: «Me confesaré frecuentemente y comulgaré todas las veces que el confesor me lo permita. Santificaré los días festivos. Mis amigos serán Jesús y María. Morir antes que pecar».
Para ir a la escuela tenía que recorrer a pie cada día 15 kilómetros. Lo hacía solo y por parajes inseguros. «¿No te da miedo andar solo por estos caminos?», le preguntó una vez un compañero. «No estoy solo, va conmigo el ángel de la guarda que me acompaña en todo momento», le respondió Domingo con seguridad.
Un día de invierno, al llegar a la escuela, sus compañeros habían llenado la estufa de piedras y nieve. Cuando llegó el profesor acusaron de la travesura a Domingo pero este no se defendió, ganándose el castigo correspondiente. Al día siguiente, una vez conocida la verdad, el maestro le preguntó por qué no se había explicado. «Porque el culpable quizá hubiese sido expulsado de la escuela. Y pensaba también en nuestro Salvador, que fue injustamente calumniado», le contestó el niño.
Cuando cumplió 10 años, su familia tuvo que trasladarse a Mondonio por motivos del trabajo de su padre. El maestro local, amigo de Don Bosco, le habló de su alumno como «un san Luis Gonzaga», lo que preparó el providencial encuentro de ambos al año siguiente. Acompañado de su padre, Domingo le pidió al santo fundador de los salesianos ingresar en su oratorio de Turín, pues quería ser sacerdote. «Conocí en él un corazón conforme en todo con el Espíritu del Señor y quedé maravillado al considerar los trabajos que la gracia divina había realizado en él», escribiría después Don Bosco recordando aquel primer contacto. En aquel momento, al acceder a la petición del joven, solo le dijo: «Me parece que el paño es bueno», a lo que Domingo respondió: «Si yo soy el paño, sea usted el sastre. Hagamos un hermoso traje para el Señor».
Comenzó entonces la última etapa de la vida de Domingo. El niño se aplicó con todas sus fuerzas a vivir la santidad, aunque a veces tuviera que ser reconducido por Don Bosco. Una fría mañana de invierno, este se lo encontró tiritando en la cama, tapado tan solo con una sábana. «¡Vas a tener una pulmonía!», exclamó, a lo que el joven contestó que «nuestro Señor no tuvo ninguna en el establo de Belén». En adelante, el rector del oratorio le pidió moderar sus penitencias y, poco a poco, le hizo ver la santidad que se encuentra también, por ejemplo, en el recreo, jugando con los compañeros.
Domingo aprendió la lección enseguida y comenzó a vivir la fe de un modo que se plasmó en una obra apostólica que ideó poco tiempo después de que el Papa Pío IX declarara el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Fue el 8 de junio de 1856 cuando nació entre algunos miembros del oratorio la Compañía de la Inmaculada Concepción, un modo de vivir la santidad que consistía «en estar muy alegres», tal como explicaba Domingo a sus compañeros.
Para Javier Valiente, responsable de comunicación de los salesianos en España, al chico le impulsaba «el compromiso evangelizador y misionero entre los propios jóvenes». Juntos se ayudaban unos a otros «a ser buenos cristianos, a vivir la espiritualidad en lo cotidiano, en las labores de cada día, con alegría y sencillez». Y todo ello «en cada momento, en el patio, en el juego, en la oración, en el estudio, en casa, siempre con el corazón lleno del Espíritu Santo».
Fue una llamarada tan intensa que hay quien considera esta pequeña obra de Domingo Savio como el embrión de lo que luego sería la congregación que fundó Don Bosco. Con eso bastó; la vida del joven ya había dado fruto y no duró mucho más. Afectado de forma repentina de una dolencia en los pulmones, el 9 de marzo de 1857 entregó su último aliento, después de decir: «¡Qué maravilla estoy viendo!».
«Domingo Savio es el fruto más emblemático, más excelso, del sistema educativo de Don Bosco, un modelo que es capaz de producir jóvenes santos», explica Valiente. La suya es «una santidad de lo cotidiano, basada en la Eucaristía y en el sacramento de la Confesión», una forma de vivir cuyo atractivo ha de ser propuesto «especialmente a los jóvenes».