The Boys. El hartazgo de la zafiedad - Alfa y Omega

The Boys. El hartazgo de la zafiedad

Javier García Arevalillo
Luz Estelar (interpretada por Erin Moriarty) en la cuarta temporada de la serie.
Luz Estelar (interpretada por Erin Moriarty) en la cuarta temporada de la serie. Foto: Filmaffinity.

Desencantado del desencanto. Así podríamos definir la evolución de las últimas temporadas de The Boys (Prime), una serie que arrancó como un soplo de aire fresco en el panorama, ya saturado, de las producciones de superhéroes. La premisa, inmejorable: si existiesen los superpoderes, aquellos agraciados con habilidades especiales no se comportarían como capitanes américa o supermanes; los superpoderes potenciarían la oscuridad en cada uno de ellos, bajo una máscara cuidada hacia la opinión pública. En ese universo distópico, los superhéroes pertenecen a una corporación que aúna su vertical cinematográfica (guiño a Disney, por supuesto) y su corazón fundacional como empresa farmacéutica. Ellos serían activos a explotar en el cine y, eventualmente, futuros soldados si consiguen hacer el lobby adecuado en la industria maligna por excelencia, la armamentística. Cualquier desmán, cualquier abuso por su parte, debe ser sepultado en acciones de relaciones públicas, en relatos comprados a la prensa, para mantener el encanto y la opinión pública a favor. Pero claro, no todos los escándalos pueden ser tapados para todos, y un grupo de exagentes liderados por Butcher («carnicero», sic) buscará, temporada tras temporada, hacer caer ese castillo de naipes y a su torre de marfil, Patriota: una versión psicopática de Superman, aparentemente indestructible; uno de los mejores villanos que nos ha dado la televisión en los últimos años, y la razón por la que terminaré de ver esta su última temporada, en muchos aspectos decepcionante. Lo que arrancó como una inteligente parodia de cómo las grandes corporaciones mueven la opinión pública de fondo, ha ido mutando hacia una tosca exageración de la política actual, con el inconveniente de que en el camino se han olvidado a los personajes que durante las primeras tres temporadas consiguieron labrar capítulo a capítulo. Nos quedará el regusto amargo de no haber conseguido mantener el nivel al acercarse a su final. Porque, al final, hay un límite al desencanto; hay un grado en el que la parodia zafia aburre, por demasiado zafia.