Hace frío, mucho frío, y las noches se hacen interminables sin ternura, sin cena y sin casa. Al atardecer, los sin techo de El Paso, esos que vemos acarreando sus pertenencias en carritos de supermercado y piden ayuda garabateando mensajes en una caja de cartón, van acercándose a Myrtle Ave como las mariposas a la luz. Solo los violentos son rechazados, a todos los demás se les da techo y comida caliente. «Tratamos a todos con respeto y dignidad, sin juzgarlos. Sin distinción de género, orientación sexual o creencia religiosa. No importa que tengan problemas emocionales o psíquicos», me dice Ray Tullius. «Algunos están luchando contra una adicción, otros han sido abusados o han perdido a sus seres queridos y llevan años viviendo en la calle», añade.

Si alguien puede entenderlos es el propio Ray, porque él también fue uno de ellos. Todo comenzó con un milagro. Su mujer, Lilly, perdió su hogar a causa de un incendio y se vieron en la calle. Su hijo sobrevivió a pesar de sufrir quemaduras en el 93 % de su cuerpo. En ese invierno de 1994, juntos, decidieron luchar por lo imposible: impedir que más gente muriese en El Paso (Texas), sin un lugar donde protegerse del frío y saciar su hambre. Así nacieron los Centros Opportunity para Homeless. Y a su sueño se unió gente que vivió el abandono. En mi vida me he topado con gente maravillosa que siempre contagia esperanza. Aquí me siento honrado con la amistad de Ray y Lilly. No hay homeless en la ciudad que no los conozca. Hoy su sueño se ha cristalizado en cuatro albergues de emergencia y siete centros donde se educa y forma para que los desheredados de la sociedad puedan abrazar la vida con entusiasmo. A nadie se le niega una nueva oportunidad. De ahí el nombre del proyecto.

Me he propuesto que nuestros jóvenes pongan su granito de arena en el proyecto, y nos hemos ofrecido para cocinar y servir la comida. Es lo que llaman la pedagogía de la acción: a ser generoso se aprende siéndolo. Y a ser agradecidos con la vida, se aprende viendo cómo otros se abrazan a ella con pasión.

Le digo a Ray que lo voy a hacer famoso en España y se ríe. «No necesito serlo, y si escribes algo, que no falte mi mujer, porque ella siempre ha estado a mi lado dándome fuerza», me dice.

—Nos vemos pronto, Ray.

—Sí, ven, aunque no traigas comida, porque hace tiempo que no te doy un abrazo.

Recuerdo a Brecht: «Hay hombres que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles». Como Ray y Lilly Tullius.

José Luis Garayoa
Agustino Recoleto. Misionero en Texas (EE. UU.)