Silos. Lunes por la mañana. Cuando uno pasea por nuestro claustro tiene la sensación de que el tiempo se detiene. Hay silencio y vida. Piedras centenarias que siguen hablando a los hombres. Una vez más me detuve ante el relieve de los discípulos de Emaús. Y pensaba que hay personas que aparecen de repente, nos cambian la vida para siempre y nunca más volvemos a ser los mismos.

Algo así les pasó a estos discípulos de Emaús. Caminaban entristecidos, como nosotros tantas veces. Su corazón quedó inmerso en las tinieblas del Calvario. Su vida sepultada con Jesús allá en el Gólgota. Un forastero sale a su encuentro y les pregunta. Quizá notó en ellos tristeza y amargura. Se desahogan. Le hablan de Jesús. Su maestro. Su amigo. De la esperanza que se desvaneció y del Amor, que ya no está.

Se hacía de noche fuera, aunque ellos ya vivían la oscuridad dentro. Y le piden que se quede con ellos. Una petición que era, al mismo tiempo, el grito de un corazón abatido. Unas palabras que, sin ellos saberlo, iban a salvar sus vidas: «¡Quédate!». Son las palabras que Jesús siempre espera. Es lo único que quiere que le pidamos. Nunca impone o presiona. Sale al encuentro, propone y espera.

Sentados a la mesa bastó un gesto, pequeño y sencillo, como todas las cosas importantes, para que el corazón volviese a latir de nuevo. Un gesto que cambió sus vidas para siempre, porque les recordó aquel Amor al que habían seguido y vieron abrazado a la cruz. Un Amor que permanecía vivo pero escondido en algún rincón del corazón. Porque el corazón siempre recuerda aquellas personas que nos hacen pasar de la muerte a la vida.

Bastó un gesto. Quizá también unas palabras: «Pronunció la bendición, lo partió y se lo dio» (Mt 14, 19). Y espontáneamente brotó de nuevo la vida. ¿No ardía nuestro corazón? Ardía, y el pasado cobró nuevo sentido. Dejó de ser pasado y se hizo presente, actual. Y el corazón comenzó a latir fuertemente. Un gesto y unas palabras pero, sobre todo, una persona. Así son las cosas de Dios. Así actúa: llenando de vida lo cotidiano. Y viene, siempre viene, y se nos da.

Fray Ángel Abarca Alonso, OSB
Monje benedictino. Monasterio de Santo Domingo de Silos