En 1236, Fernando III conquistó Córdoba y entregó la mezquita a la Iglesia católica, que la consagró como catedral en 1239, hace ahora 775 años. No era algo insólito. En 786, Abd al-Rahman I inició la construcción de la mezquita sobre la basílica visigoda de San Vicente, un templo cristiano que ocupaba el lugar donde en la época romana estuvo el templo de Juno. Y, dentro de la mezquita islámica convertida en catedral, se construyeron en el siglo XVI la Capilla Mayor y el Crucero catedralicios.

¿Cuántos templos han preexistido en su propia sede a la actual basílica de San Pedro? ¿Se conservó el carácter cristiano del templo de Santa Sofía de Constantinopla, una vez conquistada la ciudad por los turcos? Ambos casos son totalmente normales; ni los pueblos conquistadores han mantenido los templos de los conquistados en su dedicación religiosa precedente, ni es nada raro -sino todo lo contrario- que un lugar considerado sagrado desde la antigüedad haya conservado su carácter de tal siglo tras siglo, y haya servido de ubicación a templos de sucesivos cultos.

En esta línea, la mezquita-catedral de Córdoba no es una excepción. Es una catedral cristiana en un templo antes islámico, como existen templos islámicos instalados en sedes previamente cristianas, o iglesias evangélicas que antes fueron católicas… Y no debe olvidarse un detalle, nada insignificante: en Córdoba se construyeron dos maravillas artísticas, la mezquita y el palacio califal de Medinat al-Zahra. Aquélla se conserva, gracias a la Iglesia católica; éste no: lo destruyeron los propios musulmanes en sus luchas intestinas.

Hoy se quiere convertir en polémica lo que es una situación histórica y jurídicamente indiscutible, la pertenencia a la diócesis cordobesa de la catedral-mezquita. Nació tal discusión cuando un líder musulmán español -muy controvertido en el seno de su propia confesión- pidió que la mezquita fuese compartida por cristianos e islámicos. Ninguna razón avalaba su propuesta, y en buena medida quedó dejada de lado por el propio Islam en España. Tampoco podían alegarse ejemplos de mezquitas abiertas a cultos compartidos en otros países. Cierto que hoy tratamos de acercar a las religiones, que queremos olvidar los odios del pasado: basta haber visto al Papa, junto con los Presidentes de Israel y Palestina, y con altos representantes de la Iglesia ortodoxa, Islam y judaísmo, orando juntos en el Vaticano. Ése es el camino, no el enfrentamiento.

Dejada de lado esa vía, la reivindicación ha tomado ahora otros derroteros, cuando algunos líderes políticos han visto allí una puerta abierta para distraer a la atención pública o para crearle inquietudes a la Iglesia; dicen que la mezquita ha de pertenecer al Estado. En nombre del Derecho y de los derechos, tampoco vale el nuevo invento. Es claro: ¿han reivindicado otras catedrales? ¿Acaso el Palacio de las Dueñas o la Plaza de la Maestranza? ¿O sueñan tal vez en un posible apoyo islámico? Y es que las razones -las carencias de razón- tienen orígenes muy diferentes. Deben dejar tranquilo, y según justicia, el mentiroso problema. Entre los políticos abundan los omnívoros, pero los excesos no resultan convenientes.

Alberto de la Hera