Jesús no le dijo a Pedro que él sería la percha de la que colgaría la Iglesia, sino la piedra sobre la cual se sostendría. De modo que la Iglesia es realmente una pirámide invertida: en su base está la piedra sobre la que todo el conjunto se apoya, Pedro y sus sucesores los Papas. Estos sirven de sostén a los obispos, de quienes se sube al clero, y los fieles comunes ocupan la gran superficie que constituye el norte de esa pirámide que Cristo construyó en lo esencial y que los cristianos hemos de seguir edificando mediante nuestra santidad y nuestro apostolado.

El peso que soporta la piedra es inmenso, y parecería que ha de ir disminuyendo a medida que se asciende de la base a la superficie. Pero es una visión equívoca: ningún cristiano ha de soportar un peso de menor intensidad; cada uno tiene la vocación que tiene. ¿No hay diferencia entre la vida de Francisco Javier, misionero en la India, y la de Teresita de Jesús, monja de clausura? Y los dos son los patronos universales de las misiones, porque su vocación fue misionera, y puede ser vivida con la predicación en la China o con la oración en el coro.

Al nacer en un país católico donde nos bautizaron siendo niños, Dios ya nos dio una vocación. En el futuro, uno de nosotros permanecerá en el laicado, otro será clérigo, otro miembro de una comunidad religiosa, otro obispo, otro Papa. Vocaciones. Diferentes vocaciones sobre la base de una vocación común. Cada uno ha de cumplir su específico cometido, pero todos hemos sido llamados por Dios a una misma vocación: la de bautizados, seres elegidos –sin mérito inicial por nuestra parte– para constituir la pirámide eclesial y salvar desde ella al mundo.

¿Menuda responsabilidad? ¡Menudo regalo! Dios me envió a la tierra eligiéndome al hacerlo para que fuese apóstol. ¿Eran los doce apóstoles los hombres más sabios, más poderosos, más santos, de Israel? Eran en realidad unos hombres vulgares y corrientes, pero que recibieron una llamada. Y eso es el Bautismo, una llamada: estás en el mundo y estás encargado por Mí de salvarlo. Te he escogido para ello.

La unidad es estar unidos a Dios, y Pedro Le representa en la tierra. El inmenso peso de la pirámide invertida ha hecho santos a unos Pedros y pecadores a otros. Pero ninguno ha negado nunca su condición, y si en esa piedra nos apoyamos, a través de todas las capas que integran la pirámide, tampoco nosotros negaremos la nuestra: ser Iglesia y atraer a ella a toda la humanidad. Desde el púlpito o desde la clausura, desde la base o desde la superficie, todos tenemos que ser apóstoles.

Alberto de la Hera