Muy en especial en el terreno religioso, lo efímero está extrañamente relacionado con el mal, que es deslumbrante pero engañador, prometiendo una felicidad vacía

Nos encontramos en un tiempo en el que la mentira predomina claramente sobre la verdad. Muchísima gente prefiere el error sin darse cuenta de que lo es, justamente, porque la seguridad de lo estable les asusta: el cambio constante se presenta como un bien, y la humanidad está viviendo en esa inestabilidad que le parece menos comprometida, que creen que les otorga un mayor grado de libertad. Es una libertad falsa, la libertad de autodestruirse. Pero eso la gente no lo ve.

Muy en especial en el terreno religioso, lo efímero está extrañamente relacionado con el mal, que es de por sí deslumbrante pero engañador, prometiendo una felicidad vacía. Leamos lo que nos dice Agatha Christie en una de sus novelas (El misterio de Pale Horse): «Se me ocurrió de pronto pensar que el mal era, quizá, más impresionante que el bien. Y esto siempre y necesariamente. ¡Tenía forzosamente que convertirse en espectáculo! ¡Tenía que sobresaltar, adoptar una actitud de reto! Es la inestabilidad atacando a lo estable».

La frase me parece lapidaria, concluyente: «La inestabilidad atacando a lo estable». Nada más estable que los dogmas y valores religiosos, los de cualquier religión. Y nada más inestable que la actual cultura mediática. ¿Cómo podemos hacer que perdure, influya y actúe lo estable en personas que navegan en brazos de lo efímero, cuando cada uno de nosotros se puede ver invitado a la duda desde los más inesperados reclamos? Y más si se tiene en cuenta que la duda, en este caso el mal que sobresale y ataca nuestra estabilidad interior, se presenta como una exigencia de modernidad frente a la acusación de que corremos el peligro de quedarnos anclados en una cultura caducada. Hay que derribar viejos dogmas, se nos dice. Todo es relativo, se nos predica. ¿Cómo vencer esa incompatibilidad entre lo sumamente estable y lo extremadamente pasajero?

El nuevo orden

Los propios adalides de la libre inestabilidad nos ofrecen una respuesta: lo estable no puede perdurar porque es incompatible con el mundo que ahora está naciendo, cuya bandera es el cambio y cuyo lema es la novedad. En el mundo de los siglos futuros, nos dicen, la religión –el paradigma del anquilosamiento y del pasado–, no será un valor; ni siquiera será. ¿Podemos pensar que se está refiriendo a ello Jesucristo al pronunciar –en Lucas, 18,8– aquellas palabras sobrecogedoras: «¿Cuándo venga el Hijo del Hombre ¿acaso hallará fe sobre la tierra?».

Jesús anuncia un mal escatológico que hoy se nos quiere presentar como una conquista de la inteligencia. El hombre ya no necesita «supersticiones». Y la relativización del bien que ello lleva consigo supone que los límites de lugar y tiempo se han evaporado: lo que ayer era ético hoy no lo es, lo que aquí es justo es allí injusto, puesto que somos –nos aseguran quienes nos manejan y nos utilizan– dueños de nuestros propios criterios de verdad. Lo que no significa –afirman– que la libertad consista en aceptar o rechazar lo que es entitativamente verdadero, sino que somos libres para fabricar nosotros la verdad. Y nos ocultan que eso mismo la despoja de toda su fortaleza. Es la inestabilidad atacando a lo estable. Es el ser humano manipulado por quienes le susurran la mentira y le engañan para que la crea.

Porque no, no radica en esto la libertad; el hombre puede creer o no en Dios, pero no puede fabricarlo o no a su conveniencia y según el modelo de su conveniencia. Y nos están haciendo creer que sí. Es algo que no había previsto tan solo Agatha Christie; también lo apuntó Hans Kelsen –y ya se ve que el panorama intelectual de la idea es bastante amplio–, cuando, a raíz de la II Guerra Mundial, afirmaba que asistimos a un movimiento que –provocado por la inestabilidad social nacida de las dos Grandes Guerras y de las nuevas ideologías dictatoriales– pretende sustituir a la religión por la política y a la teología por la ciencia. Y estamos convirtiendo a ambas, a la política y a la ciencia, en las bases –tan inestables, tan inseguras– de un nuevo orden en el que vivimos la ilusión de ser poseedores de la Verdad; cada uno la suya, a gusto de todos, es decir, que es justo o verdadero o ético para ti o para mí lo que tú o yo tenemos por tal. Y eso significa el caos: un caos en el que es obvio que dos concepciones esenciales de la vida contradictorias entre sí no pueden sobrevivir en paz; un caos que, buscado a propósito para que deseemos su solución, da paso a que imponga su orden aquella fuerza suprema e ilimitada que trata de que la consideremos Dios y que se llama Poder.

Alberto de la Hera
Catedrático emérito de Derecho Canónico y de Historia de América